Un patrimonio que debe volver a latir, por María Llana | OPINION

El Centro Histórico de Lima no está muerto; está vivo, aunque herido. Caminar por sus calles es recorrer siglos de historia y, al mismo tiempo, décadas de abandono. Las fachadas restauradas y la peatonalización de algunas calles son señales alentadoras, pero insuficientes si no van acompañadas de una gestión integral que devuelva al centro su verdadero pulso urbano.

El plan maestro de Prolima marcó un antes y un después en la gestión del patrimonio limeño. Por primera vez, la ciudad cuenta con un instrumento técnico, normativo y participativo que orienta las intervenciones y propone una visión al 2035. Sin embargo, la continuidad institucional y el financiamiento sostenible siguen siendo sus principales amenazas. Restaurar el Centro Histórico no puede depender únicamente del presupuesto municipal; requiere cooperación internacional, incentivos tributarios y alianzas público-privadas que permitan sostener el esfuerzo en el tiempo.

El deterioro del centro no fue un accidente. Su abandono comenzó con la migración residencial hacia distritos periféricos, dejando casonas sin mantenimiento o adaptadas improvisadamente para el comercio. A ello se sumaron la fragmentación institucional y la falta de una política de vivienda patrimonial que permita habitar el centro sin deteriorarlo. El resultado: un patrimonio vulnerable a sismos, incendios y al olvido.

Pero el reto no es solo técnico, sino social y educativo. Sin educación patrimonial ni participación ciudadana, ninguna restauración será duradera. Conservar el patrimonio no significa congelar la ciudad, sino permitir que siga viva, que sus espacios se habiten y sus plazas se usen. Un centro histórico con vida atrae el turismo, impulsa la economía cultural y, sobre todo, refuerza la identidad de sus ciudadanos.

Existen ejemplos inspiradores en la región. Quito y Cartagena de Indias lograron equilibrar conservación y vida urbana mediante planes integrales que combinaron vivienda, cultura y programas sociales. Lima puede seguir ese camino si asume que proteger su patrimonio es también apostar por su futuro.

Imagino un centro histórico donde convivan historia y modernidad: calles seguras, plazas activas, viviendas habitadas y ciudadanos que se reconozcan en su propia memoria. La clave es entender que el patrimonio no se protege solo con normas, sino con ciudadanía activa.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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