Reflexiones sobre la “tramoya electoral” peruana, por Carmen McEvoy

El Estado Peruano vive un proceso de implosión en cámara lenta, y la fase final, cuya real dimensión es difícil de evaluar, está a la vuelta de la esquina. Porque aquella República que nació a sangre y fuego, envuelta en sueños de libertad —pero también contaminada por la traición, amén de la voracidad rapaz de sus dueños de turno— ya no da para más. Y, de esta larga historia que, para quienes la conocemos, tiene mucho de déjà vu dramático, pero también de comedia de enredos, vienen a mi memoria una serie de momentos que nos definieron. Entre ellos, ese viaje solitario del defenestrado presidente La Mar hacia Costa Rica (1829), donde murió de una pena provocada por la mezcla de traición e injusticia que no logró remontar. Ciertamente, un héroe de Ayacucho fue condenado a morir en el exilio por un camarada de armas desesperado por reemplazarlo en el sillón presidencial.

Y, en el complejo —y para algunos delirante— contexto actual, también recuerdo la brutal represión ejercida por los españoles en las aldeas andinas que tempranamente se levantaron en armas por la independencia, para ser luego abandonadas a su suerte por el pactismo de turno, que las siguió expoliando e incluso les negó, años después, el derecho a votar.

Si logramos tomar cierta distancia respecto de una coyuntura que cambia a cada hora —por no decir cada minuto—, será posible entender que estas elecciones son la expresión más elaborada de esa perversión política que, por acción u omisión, hemos construido a lo largo de casi dos siglos. Nuestra negativa a reconocer la crisis presente como el síntoma de una patología de larga data no hace más que acelerar un desenlace que, en nuestro caso particular —y espero equivocarme—, apunta a la disolución de la República del Perú.

En el Perú, como en otros lugares del planeta, la lucha por el poder es una cuestión de vida o muerte. La razón principal es que, salvo notables excepciones, lo que de verdad se juega en cada quinquenio no es un proyecto de país, sino un preciado botín estatal. De ahí se entiende ese rosario de guerras civiles que hemos sufrido a lo largo de nuestra convulsionada historia y que, paradójicamente, nos negamos a recordar y, mucho menos, a procesar. Acá me refiero específicamente a la sucesión de “guerras electorales” que intermitentemente enfrentaron a los aliados de antaño y que exhiben una matriz parecida: ser prólogo —o, en su defecto, epílogo— de una disputada justa presidencial. La “tramoya electoral” —una verdadera maquinaria escénica de artificio— es un concepto decimonónico que sintetiza un modelo de sucesión al poder caracterizado por las tomas, a balazo limpio, de las mesas de votación, acompañadas de esas “dualidades, trialidades y cuatralidades” que tanto sorprendieron a un diplomático norteamericano destacado en Lima durante la campaña de 1872, que llevó a los civiles al poder. Para Mr. Finch, testigo excepcional del ocaso de una era de estricto control militar del aparato estatal, asociado al funcionamiento de una “tramoya” funcional a su existencia, el Perú era el único lugar en el mundo en el que se elegían tres o más presidentes de manera simultánea.

Vale la pena recordar que, desde los años aurorales de la República, cuando la intervención del tucumano Bernardo Monteagudo en “los trabajos electorales” de cara a la primera Asamblea Constituyente fue denunciada públicamente, nuestras elecciones se han visto marcadas por la incertidumbre, la violencia, el enredo tramposo, la polarización, la discriminación y el reparto de dinero a manos llenas. No en vano el personaje que las “institucionalizó” en 1853, el general Echenique, fue un truhán y, a pesar de repartir chicha y butifarras “como cancha”, comprar voluntades con el dinero proveniente del guano e incluso emboscar y mandar asesinar a sus enemigos políticos, fue sacado a balazo limpio de ese sillón presidencial que tanto anhelaba para seguir robando en tándem con los poderes económicos de turno.

Del truculento modelo echeniquista, que mercantilizó y corrompió la política decimonónica y del cual Vladimiro Montesinos —otro militar tan mediocre y cínico como el general puneño— fue eximio sucesor, quedan múltiples vestigios. Hoy, a manera de un atávico ADN político, podemos verlos resurgir en este brutal cambio de era, no como los monstruos que, de acuerdo con Antonio Gramsci, acompañan los tránsitos históricos, sino como seres de carne y hueso que maquinalmente resucitan, en beneficio propio, la “tramoya electoral”. Pienso en los viejos y nuevos jugadores del casino político peruano, junto a los corruptos y mercachifles que se enriquecen en cada campaña presidencial de la mano de los ineptos y de una serie de burócratas alucinados que, capturados por la arrogancia, trocan en alfiles de la presente catástrofe política. Una verdadera tragedia, debido a que esta nueva “tramoya” atenta directamente contra la legitimidad de la primera magistratura de la nación.

Ha llegado el momento de reaccionar y reimaginar la República, analizando no solo esta truculenta coyuntura electoral, sino también el complejo proceso histórico que se viene expresando en la degradación de su representación política. Lo urgente, en esta hora decisiva, es tomar conciencia del daño que este nefasto mecanismo, plagado de una sucesión interminable de juegos de artificio, le viene causando a la integridad y al futuro del Perú.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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