Hace aproximadamente dos años, conversé con un congresista de trayectoria y afinidad ideológica liberal promercado. Por aquellos días, se discutía en el Parlamento una reforma regulatoria que dañaría irreparablemente a un sector de la economía formal y, además, traería nefastas consecuencias para el funcionamiento del modelo. Se trataba de una de esas normas populistas que han avanzado sostenidamente en las últimas legislaturas. En aquella conversación, le pregunté por qué ni siquiera entre sus colegas de derecha se manifestaban resistencias a ese embate populista (de hecho, el dictamen se aprobaría sin votos en contra y con unas pocas abstenciones). “¿Qué han hecho el gremio de ese sector y sus empresas por los partidos que defendemos la Constitución de 1993? Solo nos buscan cuando están en aprietos, cuando es muy tarde y nada podemos hacer”, respondió.
Parte del divorcio de nuestra clase política con el resto de la sociedad recae en la ausencia de vínculos estables entre los tomadores de decisiones de políticas públicas y los sectores sociales (organizados o no) que garanticen una expresión de demandas transparentes y rendición de cuentas. Los actores económicos formales son, sin dudas, parte fundamental de esa sociedad que también sufre la crisis de representación. De hecho, en muchas ocasiones, aunque suene inverosímil para el pensamiento conspirativo, el establishment no tiene quién lo defienda, especialmente en circunstancias en las que el sentido común populista ha ganado la batalla. En los últimos años, la economía formal ha carecido de herramientas que le permitan construir lazos formales con la política. Recordemos que los genios de la ‘reformología’ local –de la mano con dadivosos organismos internacionales– satanizaron el financiamiento privado de la política acusándolo de promover competencia interpartidaria desigual. Pero ahora que el instrumento legal que permite dichos aportes ha sido repuesto en versión mejorada, cunde el temor de usarlo.
En la actualidad es totalmente legítimo que el sector privado financie partidos políticos, candidaturas presidenciales y congresales, entre otras. No se comete ningún delito si se hace dentro de los topes establecidos y bajo los mecanismos correspondientes. De hecho, hay una premura, una urgencia, diríamos, por que este tipo de dinero limpio se imponga a los recursos originados ilegalmente que, como sabemos, se filtran en todo ámbito de la sociedad (desde la política hasta el sistema universitario). Pero parecería no existir la voluntad para emplear dicha norma. Se evalúan supuestos costos reputacionales, como si se estuviese cometiendo una falta grave. Evidentemente, casos anteriores de contribuciones por debajo de la mesa han desacreditado el financiamiento partidario privado. Más de una década y ocho presidentes después, existen las condiciones legales y la necesidad institucional de sembrar una cultura política que, en general, normalice la relación entre empresa privada y partidos políticos y, en particular, el aporte privado transparente. Lamentablemente, hoy predomina un ánimo antipolítico, incluso entre las élites intelectuales, que son antiélites económicas y utilizan verborrea moralizante para estigmatizar a toda la clase empresarial. Este preponderante ánimo antipolítico –desde ‘arriba’ y desde ‘abajo’– congela el establishment y lo inhibe de restablecer canales empresa-política, vitales para el desarrollo del país.
En el fondo estamos ante un establishment debilucho para sacar adelante lo que importa: el fortalecimiento institucional. Cuando deciden romper con lo “políticamente correcto” [sic], lo hacen aflorando reflejos autoritarios en tono anticomunista (por ejemplo, a través de pronunciamientos que justifican posiciones de “mano dura” y/o enfrentándose al sistema internacional de derechos humanos). Pero se pierde ese coraje en el ámbito de la recomposición institucional para el desarrollo económico. En ese caso, no se pasa más allá del eslogan “no más cuerdas separadas”, aunque existe el acuerdo de que economía y política requieren sincronización. Necesitamos comprender que el financiamiento privado de las agrupaciones, así como una plataforma de ‘think-tanks’ partidarios, forman parte de un sistema que permita una vinculación moderna y transparente entre capital y representación política, como existen en muchos países de la región. Pero por ahora nadie se atreve a dar el primer paso porque importa más el floro de un ‘stand-up academy’ que apoyar a la renovación de un sistema de representación bicameral.
Si bien el sector empresarial tiene sus propios gremios y una nueva burocracia de responsabilidad moral, la decisión sobre si financiar o no a los partidos se toma en los directorios. Estos espacios, que atraviesan importantes cambios generacionales, sin embargo, parecen por ahora esquivos a renovar sus mentalidades. Todo indica que aún no cala entender la política como un eje de desarrollo; sigue siendo percibida como una depredadora de reputaciones. La clase empresarial parece saciarse en su efímero alivio de que no aparezca en las encuestas el Pedro Castillo de la temporada. Luce dispuesta a seguir tolerando, como mal menor, la reproducción de parlamentarios patrocinados por intereses destructivos del libre mercado. Nos hemos acostumbrado tanto a la incertidumbre política que nos parece usual que las élites económicas hayan perdido la mirada de largo plazo.
La política funciona con dinero. Siempre ha sido y será así, en democracias del primer mundo y en nuestras peores pesadillas. Con nuestros impuestos o sin ellos. Con un cachito de tus utilidades o con la promesa de una coima de licitación provincial. Cuantos más recursos limpios ingresen a la actual campaña electoral, menores las probabilidades de que las actividades ilegales influyan en el próximo Congreso. Pero el tema de fondo sigue siendo cómo fortalecer la representación política. Eso pasa por comprender que invertir en el país es también invertir en instituciones políticas y aspiramos a que los partidos también lo sean. Eso pasa, también, por aspirar a tener menos capitalistas inconscientes. Es hoy, no mañana.











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