¿Cómo mantenerse optimista respecto del futuro del Perú? Recibo con frecuencia esta pregunta cuando la coyuntura electoral hace que suban los niveles de ansiedad. A veces no sé si mi interlocutor está buscando falso consuelo o si quiere medir, cínicamente, hasta dónde llega mi ingenuidad. Yo suelo responder de la misma manera: ser optimista no es una opción, es una obligación moral.
Muchas veces pensamos que el optimismo es un estado de ánimo. Que hay días en los que nos levantamos cargados de positivismo y, otros, no tanto. Yo creía esto hasta que me topé con una charla TED de Tali Sharot hace ya varios años que cambió por completo mi entendimiento del optimismo.
Decía Sharot que el cerebro humano sigue inconscientemente determinados patrones que nos llevan a actuar de formas aparentemente irracionales (los llamados “sesgos cognitivos”) y que un ejemplo de ello es el “sesgo optimista”, que ella define como la tendencia a sobreestimar la probabilidad de que nos ocurra algo positivo y a subestimar la probabilidad de que nos ocurra algo negativo.
Por ejemplo, sabemos que fumar puede causar cáncer pero, si soy fumador, tenderé a pensar que es menos probable que yo esté dentro de la estadística de aquellos que sufren tal eventualidad comparado con el fumador promedio. O, en sentido inverso, compraré un boleto de lotería sobrevalorando mis chances de ganar respecto de quien tengo al lado.
Dicho sea de paso, un efecto curioso asociado al sesgo optimista es que, cuando nos pasa algo bueno en la vida, típicamente asumimos que lo merecemos. Pero, si nos pasa algo malo, en lugar de identificar si nosotros somos responsables en alguna medida, preferimos culpar de nuestro infortunio a alguien más.
Investigando un poco más sobre la ciencia detrás de esto, descubrí que una de las cosas que separa al ser humano de otros animales, es su capacidad de imaginar el futuro, de visualizarse a sí mismo haciendo cosas que alteren el curso de su historia. Si tomamos decisiones como estudiar una carrera, emprender un negocio o contraer matrimonio, es porque podemos imaginarnos cómo pueden llevarnos a un futuro mejor.
Existe entonces una explicación evolutiva de por qué los humanos tenemos un sesgo optimista. Es porque nos hace conscientes de nuestro sentido de agencia, es decir, nos lleva a entender que nosotros mismos construimos nuestro futuro con las acciones que tomamos. El optimismo, por tanto, nos impulsa a la acción y, cuando está acompañado de otro valor fundamental como es la confianza, nos permite colaborar a gran escala, lo que es la base de toda sociedad moderna.
Ser optimista, por tanto, no equivale a ser ingenuo o a estar desconectado de la realidad, sino todo lo contrario. Nos lleva a entender cuáles son las adversidades o los obstáculos que enfrentamos, pero haciéndonos ver al mismo tiempo que no son infranqueables.
Pero hay un problema. Cuando se pregunta a las personas en las encuestas si van a estar mejor, igual o peor en el siguiente año, suelen responder “mejor” porque confían en sus propias capacidades de salir adelante. Más bien, cuando les preguntan lo mismo respecto del país, tienden a responder “igual” o “peor”. Esto pasa porque tienen sentido de agencia respecto de aquello que controlan en su entorno inmediato, pero no se imaginan cómo podrían hacer, por sí solos, para cambiar el rumbo del país.
Y ahí está el quid del asunto. No basta con ser optimistas respecto de lo que pueda ocurrirnos a nosotros (nuestro cerebro va tender a serlo, querámoslo o no), sino que debemos serlo respecto del Perú. No por ingenuidad, sino porque la única forma de cambiar el país es imaginar un futuro mejor, alinearnos en torno a una visión en ese sentido, y trabajar juntos para hacerla realidad, en lugar de lamentarnos como si todo dependiera de las elecciones y no de nosotros mismos.
Como decía el exeditor de la revista “Wired” Kevin Kelly, “los problemas gigantes requieren optimismo gigante”. Bien podría haber estado hablando del Perú.













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