En “Ensayo sobre la ceguera”, José Saramago desnuda la fragilidad de la sociedad moderna y expone cómo, cuando las normas desaparecen, quedan los humanos en su versión más bárbara. Sin ley, manda el más fuerte, rodeado de un séquito de adulones prebendarios. Solo una mujer conserva la vista, condenada a presenciar la caída en la barbarie, pero también obligada a guiar a los pocos que resisten. Es un recordatorio incómodo: lo que sostiene la convivencia es delgadísimo; perderlo, muy fácil.
Esta metáfora literaria resulta demasiado pertinente, porque hoy la ceguera, voluntaria y moral, se aplaude. A nivel global crece el coro dispuesto a justificar atropellos si el resultado inmediato parece conveniente, amparados, como sostenía Maquiavelo, en que el fin justifica los medios. Da igual si el medio es un autócrata de izquierda o uno de derecha. Importa que “resuelva”.La defensa del Estado de derecho importa justamente porque evita que alguien –cualquiera– se coloque por encima de la ley. Sin él, la arbitrariedad deja de ser excepción y se convierte en método. Y mientras medio planeta vitorea a Donald Trump por haber sacado a Nicolás Maduro del poder, la pregunta esencial –quién decide qué, con qué límites y bajo qué reglas– queda relegada al silencio.
No hay duda sobre Maduro: debía ser detenido. Durante años usurpó el poder, destruyó la institucionalidad, encarceló opositores, permitió torturas, asesinatos y convirtió un país rico en un páramo que expulsó a millones. El chavismo transformó una democracia liberal –con defectos, sí– en un régimen policial entrenado por los servicios cubanos. La idea de “esperar” a que colapse por sí mismo fue siempre una fantasía cruel para los venezolanos que no podían escapar.
Pero una cosa puede ser cierta sin volver falsa a la otra. Trump no actuó por altruismo ni en defensa de la democracia. Lo movieron dos intereses típicos de la realpolitik: la competencia geopolítica con China y Rusia, y el petróleo venezolano. Y se puede creer que su intervención terminó con una dictadura sin cerrar los ojos a que la decisión fue impulsada por motivos bastante menos épicos que la defensa de la libertad.
Aquí es donde la ceguera de Saramago vuelve a hablarnos. La captura de un tirano no convierte automáticamente en héroe al hombre sentado en la Casa Blanca. Trump no ganó el derecho a repartir riquezas ajenas, rediseñar el futuro de otro país ni administrar vidas que no son las suyas. Tampoco le dio licencia para seguir vulnerando libertades en su propio territorio. Su mano firme contra Caracas no borra el hecho –cada vez más evidente– de que ejerce el poder arbitrariamente, empuja a las instituciones estadounidenses hacia los márgenes y trata al Estado de derecho como un inconveniente personal. Y hasta ahora, la democracia más antigua del continente no ha logrado ponerle frenos eficaces.
El mundo construyó democracias liberales para limitar el poder, no para celebrarlo cuando se usa contra nuestros enemigos preferidos. Saramago lo escribió en clave alegórica: cuando dejamos de ver, el monstruo despótico aparece. La lección es simple, incómoda y urgente: Maduro debía caer. Y, al mismo tiempo, Trump representa un riesgo para la democracia y los valores de Occidente. Porque la historia de la humanidad, dijo Mises, es la lucha por la libertad. Y esa lucha no termina cuando cae un tirano, sino cuando evitamos fabricar otro.












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