Hay una tentación peligrosa en el debate político peruano al reducir a ciertos votantes a una caricatura. Decir “¿cómo pueden apoyar a ese candidato?” resulta fácil desde la distancia, pero profundamente superficial cuando se ignoran las condiciones reales en las que millones de peruanos viven. Yo no considero a Roberto Sánchez el mejor candidato, y no votaría por él. Sin embargo, juzgar a quienes sí lo apoyan sin entender su contexto no solo es injusto, sino intelectualmente pobre.
Reducir el voto únicamente a una decisión ideológica individual implica ignorar las condiciones sociales y materiales en las que millones de personas construyen sus preferencias políticas. La evidencia académica muestra que factores estructurales como el nivel educativo, los ingresos, la ubicación geográfica y la pertenencia étnico-cultural influyen de manera decisiva en el comportamiento electoral, generando patrones de apoyo relativamente constantes entre distintas regiones y sectores sociales.
Los estudios sobre geografía electoral muestran que la distribución del voto en el Perú no responde a divisiones territoriales simples ni completamente homogéneas. Encinas y Fuentes Diestra (2021), a partir de un análisis espacial provincial y distrital de las elecciones de 2021, encontraron que si bien existen tendencias reconocibles entre el sur andino, Lima y la costa norte, estas categorías funcionan más como aproximaciones generales que como bloques políticos uniformes. Los autores demuestran que dentro de los llamados “bastiones” electorales también existen comportamientos divergentes, además de patrones propios en regiones amazónicas, lo que obliga a matizar la idea de un país dividido en zonas políticamente compactas y claramente delimitadas.
En esa línea, Barrenechea y Encinas (2025) sostienen que, incluso en medio de un sistema político fragmentado y con partidos débiles, el Perú conserva fracturas sociales y territoriales profundamente arraigadas. Estas divisiones (económicas, étnicas y regionales), reaparecen en cada elección a través de candidaturas que consiguen transformar el sentimiento de abandono y exclusión de amplios sectores periféricos en apoyo político frente a unas élites centrales percibidas como distantes y ajenas a sus demandas.
Del mismo modo, Nureña, Toche y Perez-Pachas (2022) advierten que, aunque las campañas y los medios influyen en la decisión electoral, las divisiones estructurales continúan siendo el principal organizador del voto en el sur andino entre 1980 y 2021. Eso podría estar relacionado a que los sectores con menor integración económica tiendan a respaldar candidaturas percibidas como alternativas al poder político y económico limeño.
Los resultados regionales obtenidos por Roberto Sánchez, candidato de izquierda por Juntos por el Perú, ilustran parcialmente este patrón territorial. Según los datos de la ONPE, se puede decir que obtuvo amplia ventaja en Amazonas, Apurímac y Ayacucho; amplísima ventaja en Cajamarca, Huánuco y Puno; victoria considerable en Cusco; victoria en Madre de Dios, Moquegua y San Martín; segundo puesto en Áncash y Junín; y una contienda ajustada en Pasco frente a Keiko Fujimori. Entonces, el apoyo a candidatos como Roberto Sánchez no debe interpretarse automáticamente como si todos sus votantes compartieran una ideología coherente, radical o de izquierda en sentido doctrinario. Lo que la literatura revisada sugiere es que ese voto expresa algo más profundo: una fractura histórica entre el centro y la periferia del país.
Las condiciones materiales del país refuerzan esta interpretación. Según la ENDES 2024 del INEI, la anemia afectó al 35,3% de los niños de 6 a 35 meses a nivel nacional y alcanzó 44,7% en áreas rurales, mientras que la desnutrición crónica infantil llegó al 12,1% en menores de cinco años (INEI, 2024). La ENDES 2023 registró además niveles críticos de anemia infantil en Puno (70,4%), Ucayali (59,4%) y Madre de Dios (58,3%) (INEI, 2023). Paralelamente, el IEP (2025) reportó que la inseguridad ciudadana fue considerada el principal problema del país por el 50% de los encuestados, mientras Human Rights Watch (2026) registró un incremento de 14,6% en homicidios y de casi 30% en denuncias por extorsión.
En conclusión, más que una simple preferencia ideológica, el voto en el Perú refleja fracturas históricas vinculadas a desigualdad, exclusión y abandono estatal. La evidencia revisada sugiere que muchos ciudadanos no votan únicamente por afinidad doctrinaria, sino también como expresión de descontento frente a un sistema político que perciben distante de sus necesidades. Por eso, reducir ese comportamiento electoral a ignorancia o fanatismo simplifica un fenómeno mucho más complejo. Comprender ese voto no implica justificar a determinados candidatos, sino reconocer que las divisiones territoriales, económicas y sociales siguen estructurando profundamente la política peruana












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