Las ráfagas de mi memoria: A dos días de las urnas, por Silvia Miró Quesada

A solo dos días de un nuevo proceso electoral en el Perú, los recuerdos no llegan como pensamientos ordenados, sino como ráfagas de metralleta que me sacuden el cuerpo. Dicen que existen crisis de los tres, siete o doce años en el matrimonio; dicen que la menopausia trae sofocos y que los cuarenta exigen un “renacer”. Yo no sentí esas crisis. Mis “efemérides de preocupación” no fueron biológicas ni domésticas; fueron políticas, fueron sociales, fueron peruanas.

Mi memoria tiene el sonido de un teléfono timbrando sin parar. Tenía 15 años cuando Velasco tomó los diarios. Mientras mi hermano salía a las calles de Miraflores a defender la libertad, yo me quedé en casa, encargada de anotar nombres, de registrar incidencias, de intentar rastrear a los detenidos que se llevaban a El Potao. A esa edad, aprendí que en mi país no siempre se sabe a dónde se llevan a la gente.

Poco después, celebré mis quince en Washington y Filadelfia. Recuerdo estar sentada con una familia americana viendo las noticias: el “Limazo”, la huelga policial del 75, el caos y los saqueos en mi Lima. Sentí una urgencia desesperada de llamar a mis tíos, de que me recogieran, de estar cerca. No sé si era patriotismo o simplemente la necesidad de sentirme protegida frente a un país que se desmoronaba a la distancia.

A los 16, en un retiro escolar, escuché que Velasco había sido destituido. Las monjas decían que todo estaría bien, pero yo pedí que me recogieran. Quería entender. Siempre he querido entender.

Luego vino la vida adulta y con ella, el primer gobierno de Alan García. Mi hija mayor nació en 1985, entre colas infinitas por un tarro de leche ENCI y la búsqueda desesperada de pañales descartables americanos porque su piel no aguantaba el algodón local. Era una lucha diaria por lo básico, una economía de guerra en tiempos de paz.

En 1992, otra ráfaga: la foto de Roberto “Bobby” Ramírez del Villar detrás de las rejas de su casa tras el autogolpe de Fujimori. Tenía 33 años y esa mirada suya, firme pero cautiva, todavía me estremece. Era la testificación visual de que nuestra democracia volvía a cerrarse bajo llave.

Hoy, la lista de presidentes se atropella en mi mente: Vizcarra, Merino, Sagasti, Castillo, Boluarte… siete nombres en un suspiro histórico que todavía nos zarandea.

Pero este proceso electoral es distinto. Es el primero que enfrento sin mi amigo, mi parejo, mi manager. Enviudé a pocos meses de cumplir 40 años de un matrimonio que no conoció las crisis de los libros porque siempre tuve mis propios planes de vida en paralelo. Sin embargo, hoy me falta ese abrazo. Siento el mismo miedo de la niña que contestaba el teléfono en el 74; esa necesidad de ser sostenida frente a la incertidumbre.

Y a este miedo se suma la ausencia de Francisco, mi hijo, que partió hace 12 años. Pienso en él, en su negativa a aceptar un país injusto, en su curiosidad genuina que lo llevó a recorrer el Cusco y luego subir solo a un bus hacia Puno, con un libro en la mano, para conocer a las comunidades. Francisco no solo recorría el Perú, lo pensaba, lo sufría y lo quería distinto.

A días de votar, mis recuerdos y mis ausencias se sientan conmigo a la mesa. El Perú me ha dado una piel dura frente a las crisis, pero el corazón, ese sigue buscando el abrazo que me proteja de la próxima ráfaga.

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