Cima o abismo

Si este domingo gana Keiko Fujimori, el país entrará en un ciclo prolongado de alto crecimiento y rápida reducción de la pobreza gracias a las reformas de segunda y tercera generación previstas en su plan de gobierno. Esa es una oportunidad que el país no puede perder.

Se ingresará también a una etapa de reforma de los servicios públicos y consolidación institucional que pondrá fin a la polarización antifujimorista que tanto daño ha causado. Es claro que un eventual gobierno de Keiko Fujimori respetará los poderes y el Estado de derecho no solo por convicción sino precisamente para atraer más inversión. Ella no es su padre. Ella ha formado un partido político en una democracia sin partidos. Impulsó la aprobación de la bicameralidad, que fortalece los controles horizontales de una democracia liberal y mejora la calidad de las leyes.

Acabará entonces con el mito de un autoritarismo hereditario que busca perpetuarse en el poder. Ella es la primera interesada en reparar la imagen autoritaria que dejó su padre y respetar la Constitución que se aprobó precisamente en los noventa.

Se terminaría así de reconciliar al fujimorismo con la democracia y con ello se pondría fin a una polarización que ha sido responsable del ciclo anárquico de los últimos 10 años y de tremendas injusticias y golpes institucionales que han tenido graves consecuencias. La política peruana tenderá a volverse más orientada a la colaboración y la alternancia política natural.

La izquierda ha construido un relato falaz que la muestra como dueña de todos los poderes, como si con 20 congresistas de 130 pudiera manejar todo. Ella digitaría hasta la Junta Nacional de Justicia, que ni siquiera es elegida por el Congreso. Lo de las leyes procrimen es otro cuento. Lo que hacen esas leyes es eliminar extremos que facilitaron muchos abusos. Son leyes justas. Más bien, se aprobaron leyes anticrimen como la que devolvió la investigación preliminar a la policía y las que protegen a los policías, con el voto en contra de la izquierda.

No se reconoce que Fuerza Popular, junto con el bloque democrático, defendió la democracia de los propósitos golpistas de Castillo que se pusieron de manifiesto en el intento de golpe que dio. Es increíble que la opción que reivindica a Castillo y su proyecto se envuelva en la bandera de la democracia y la moralidad. Es el mundo al revés.

Con total cinismo, además. Porque el segundo plan supuestamente moderado insiste explícitamente en “refundar la república” mediante una “asamblea constituyente” para cambiar el capítulo económico retornando a un Estado económicamente poderoso (pp.16,20,31). Ese es el camino a la eliminación de la división de poderes. Las asambleas constituyentes han servido para perpetuar al gobernante y suprimir los controles institucionales. Es la historia de Chávez, Maduro, Correa, Evo Morales y Ortega. Es el mismo camino, el mismo discurso.

Y no es imposible porque lo que proponen es derogar –con mayoría simple– la ley que obliga a pasar la convocatoria a referéndum por el Congreso, y convocar a movilizaciones (seguramente lideradas por Antauro) para lograrlo (p.16).

Es obvio que si ganara Sánchez la inversión se retraerá, habrá conflicto y creceremos muy poco o decreceremos. Será la anarquía social. Dios nos coja confesados.

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