Pocos errores le costarían tanto a la nación como la terquedad de gobernantes que insistan en soluciones para un país que solo existe en su imaginario.
El censo 2025 ha certificado el fin de una era en el Perú. La base de nuestra pirámide poblacional se reduce: los menores de 15 años representan apenas el 22,7% del total nacional. Ya no somos un país mayoritariamente infantil. Las proyecciones son implacables y señalan que, hacia el 2040, los mayores de 60 años superarán numéricamente a la población infantil.
El primer espacio impactado por esta metamorfosis demográfica es el aula rural. Diseñar la política educativa del mañana usando las recetas inerciales de hace dos décadas no sería un simple error de cálculo, sino una absurda forma de abandono y premeditación.
La respuesta tradicional propondrá más de lo mismo: disminuir matrículas, fusionar escuelas y racionalizar plazas docentes. Una lectura fría del censo invitará al fisco a recortar en educación argumentando que la demanda cae. Sin embargo, que haya menos niños no es una excusa para gastar menos; es la oportunidad histórica para gastar mejor. En las zonas rurales, el repliegue del Estado ha generado un estancamiento crónico en los aprendizajes, y mayor en adultos, y mayor en mujeres. La crisis actual ya no es de cobertura en la educación básica, sino de una profunda y desigual calidad en la educación para todos.
En el sur altoandino, la migración y la menor natalidad vacían las aulas, multiplicando las escuelas unidocentes y multigrado. Según la ENLA 2025, en regiones con alta ruralidad, la mayoría de los estudiantes se ubica en el nivel “en inicio”. Un alumno del quintil más bajo tiene una probabilidad abrumadoramente menor de resolver problemas básicos que su par urbano. Ante ello, el Minedu debe abandonar el financiamiento por número de alumnos y transitar hacia un presupuesto con equidad territorial. Si hay menos alumnos, la densidad de la mediación docente por niño debe aumentar, no desaparecer.
Esta precariedad castiga con dureza a las mujeres rurales. De los tres millones de peruanos adultos que no saben leer ni escribir, más del 60% son mujeres, y en el ámbito rural, cuatro de cada 10 mujeres solo tienen primaria completa. Esto se traslada directamente a los hogares: de las 800.000 mujeres rurales jefas de hogar, más de 300.000 solo cuentan con primaria. Tal condición les niega la autonomía económica, relegándolas al subempleo y al cuidado no remunerado. Necesitamos una oferta educativa fuera del aula tradicional para romper el círculo de la pobreza intergeneracional y que las libere de la violencia familiar y sexual que las ultraja, que las condena a ser vulnerables crónicamente.
Otra brecha estructural es la digital. Promover una “transformación digital” resulta iluso cuando las cifras oficiales señalan que, en el ámbito rural, el 50% de peruanos no accede a conectividad. Lo más grave es que casi un millón de ellos tiene entre 5 y 24 años, atravesando su etapa formativa al margen del ecosistema global. Insistir en plataformas virtuales sin garantizar conectividad previa solo ensancha una brecha obscena. Se requiere un cambio de paradigma radical: en lugar de atomizar recursos en miles de tablets sin señal dispersas, el Minedu debe centralizar la inversión en centros base con escuelas en red y conectividad comunitaria real.
Más de cinco millones de personas en el país habla (y por lo tanto, debería haber aprendido) lenguas distintas al castellano, y más del 50% son adultos y adultos mayores, en una sociedad que no ha generado trayectorias personales y ocupacionales desde una mirada intercultural o desde la riqueza que dichas lenguas les proveen.
El ‘shock’ demográfico ya llegó y le habla con crudeza a quienes se dirijan a la nación este 28 de julio. El Perú ha cambiado, y su educación amerita decisiones por la calidad ahí donde los más vulnerables no la conocen. Esperemos sensibilidad y estatura estadística para gobernar esta urgencia, en lugar de insistir en planteamientos para un país que ya no existe.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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