Otra vez la misma escena, como si el país tuviera memoria corta pero reflejos intactos: la pantalla abierta, los porcentajes avanzando con una parsimonia que desespera, los gritos de fraude –siempre preventivos, siempre oportunos– de quien tiene la certeza de que no pasará a la segunda vuelta, y esa vieja costumbre tan peruana de hacer cálculos al ojo, como si la intuición pudiera torcer el conteo.
Y mientras esa incertidumbre, ese drama nacional se estira como un chicle masticado, hay algo que ya no está en discusión: los que se quedaron fuera. Porque si la segunda vuelta aún se discute con decimales, la otra mitad de la elección –la de los partidos que desaparecen del Congreso– ya fue sentenciada sin apelación. La valla del 5% dejó de ser un requisito técnico para convertirse en un filtro sin anestesia. Separó a quienes todavía tienen un electorado –aunque sea pequeño, aunque sea fiel– de quienes confundieron ruido con respaldo.
Ahí aparece César Acuña con Alianza para el Progreso, probablemente el caso más ilustrativo de esta elección. Hubo dinero, mucho dinero. Hubo estrategia digital, ‘streamers’, presencia constante en redes. Todo calibrado para captar la atención de un electorado joven al que se le habló como si no tuviera memoria.
Pero la política no es un algoritmo. Mientras los videos circulaban, también lo hacían los recuerdos: las componendas, los cuestionamientos por las graves irregularidades en Essalud, en el Ministerio de Salud, y una gestión desastrosa al frente del Gobierno Regional de La Libertad. La campaña fue vistosa. El veredicto, seco.
Perú Libre, el partido que alguna vez se sentó en Palacio como si hubiera llegado para quedarse, hoy ni siquiera existe. No es una derrota: es un desfondamiento. Y ocurre, además, con su líder prófugo Vladimir Cerrón convertido en una sombra incómoda que ya no moviliza adhesiones sino sospechas. Durante años se presentaron como la voz de los olvidados, pero terminaron atrapados en sus propias contradicciones, incapaces de explicar lo básico: cómo se pierde un rumbo, cómo se pierde –con la misma facilidad– la confianza de quienes alguna vez creyeron en ellos. Porque en política, como en la vida, hay extravíos que no se recuperan con discursos. Y este parece ser uno de ellos.
Podemos Perú, de José Luna Gálvez, insistió en la fórmula que lo había hecho visible: exposición, gritos destemplados, promesas inmediatas –como la liberación de fondos de las AFP– y un tono confrontacional que funciona mejor en titulares que en balances. Pero el Congreso le pasó factura. Y esta vez se la pasó completa.
Avanza País tampoco logró sostener lo que parecía un inicio sólido. Bajo el liderazgo de José Williams, el partido se quedó en su propio perímetro. Ni Adriana Tudela ni Alejandro Cavero –dos figuras visibles, constantes en el debate– lograron convertir notoriedad en votos. En el Perú, ser conocido ya no alcanza. Hace falta algo más difícil: convencer.
El caso de Somos Perú confirma otra cosa: la historia no vota. El legado de Alberto Andrade no se traduce automáticamente en presente. Y figuras como José Jerí y su frívolo paso por la presidencia de la República acabaron por eliminarlo. El partido estuvo, pero no pesó.
Roberto Chiabra, con su perfil técnico y su apuesta por el orden también quedó fuera. Como si el electorado hubiera decidido, esta vez, que el problema no era desde dónde se hablaba, sino para cuántos se hablaba.
Por encima de todos ellos operó algo más simple y eficaz que cualquier campaña: una consigna sin dueño. No repetir. “Por estos no”. No hacía falta convertirla en programa. Bastaba con recordarla al momento de marcar.
Los que sí cruzaron la valla lo hicieron sin necesidad de reinventarse. El fujimorismo, con Keiko Fujimori, conserva ese núcleo duro que resiste cualquier tormenta. Renovación Popular, de Rafael López Aliaga, mantiene una identidad clara, sin matices incómodos. Y Roberto Sánchez, desde Juntos por el Perú, logra sostener una presencia donde otros se deshicieron en el camino.
El mapa que queda es más estrecho. Menos partidos, menos dispersión, menos margen para esconderse. Y, sobre todo, menos paciencia. Porque esta vez el mensaje no se perdió en la fragmentación: el votante decidió recordar. Y cuando recuerda, la política –por fin– deja de explicarse y empieza a rendir cuentas.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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