Hay encuestas que no miden solo intención de voto, sino el cansancio o el desinterés. La última de Datum es una de ellas: solo un 12% de peruanos tiene decidido su voto para el 2026. El resto –una mayoría fragmentada y desconfiada– observa el proceso electoral con la misma indiferencia de quien se cruza con una vitrina poco atractiva. La escena genera distancia y, lejos de invitar al elector, apaga cualquier atisbo de curiosidad.
Ocurre a poco menos de tres meses de las elecciones generales y de que los partidos deban probar que pueden pasar la valla electoral, justificar su existencia y explicar por qué merecen seguir ocupando un espacio en un sistema político que hace tiempo dejó de otorgarles crédito automático.
El problema trasciende lo meramente comunicacional y se instala, sin rodeos, en el terreno de la supervivencia.
Desde hace buen tiempo, distintos analistas vienen señalando una evidencia incómoda: gran parte de los partidos con representación en el Congreso han quedado marcados por su cercanía con el gobierno de Dina Boluarte. Haberlo sostenido, defendido o normalizado tendrá un costo. La calle no olvida tan rápido como creen los estrategas de escritorio. Y el silencio, cuando se gobierna con tanta ineficiencia, a punto de escándalos, frivolidades, el beneficio propio o la aprobación de normas a favor de la criminalidad, también cuentan como complicidad.
En ese contexto, los candidatos hablan casi sin pausa. El discurso se multiplica, pero el sentido no aparece. Abundan las frases neutras, las promesas sin filo, el lenguaje diseñado para no molestar, el bailecito del TikTok. Todo suena correcto y, al mismo tiempo, irrelevante. Como si la política fuera un trámite administrativo y no una disputa por el poder. Como si mencionar ‘seguridad’ bastara para conjurar la inseguridad ciudadana.
Los comunicadores políticos lo dicen sin rodeos: este ya no es tiempo para perfiles discretos, de medias tintas. A estas alturas, quien no logra ser reconocible simplemente no existe. Y quien solo es recordado por haber acompañado al poder en sus peores momentos carga una mochila que ningún buen slogan de campaña conseguirá disimular.
A eso se suma otro desafío igual de incómodo: hacerse conocido sin improvisar. Para quienes debutan, el problema no es carecer de pasado, es no tener relato. La política nacional tolera la novedad, pero castiga la vacuidad. No se reclaman genialidades. Se espera una idea, una posición, una mínima coherencia que no suene a material reciclado.
Datum deja al descubierto otro dato elocuente: la mayoría de peruanos no busca información sobre los candidatos. No porque haya renunciado al país, apenas porque no percibe que ahí exista algo digno de atención. Esa desconexión no es apatía: es una forma de defensa.
En ese vacío también operan los medios. La campaña se empobrece no solo cuando los candidatos repiten fórmulas gastadas, pero también cuando las entrevistas y reportajes repiten la misma escena. Preguntas cómodas, respuestas previsibles, declaraciones que pasan sin fricción. Como si incomodar fuera un exceso y no una obligación.
El periodismo no está para acompañar ni para administrar silencios elegantes. Está para insistir. Para arruinar discursos bien ensayados. Para obligar a que alguien se haga cargo de lo que dice y, sobre todo, de lo que evita decir. Cuando las preguntas no aprietan, la política se acomoda, y cuando el periodismo se acomoda, la democracia se encoge.
A tres meses de la elección, la discusión ya no pasa entonces solo por quién sube o baja en las encuestas. Pasa por quién hace las preguntas y cómo las formula. Pasa, asimismo, porque los candidatos asuman a plenitud el riesgo de la política.
Sin todo ello, imperará la rutina con un futuro que pretende escribirse con las mismas frases predecibles de siempre hasta que aparezca el candidato que rompa la inercia con consecuencias imprevisibles.













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