Detrás de estas controversias subyace una realidad cada vez más evidente: la FIFA dejó hace tiempo de ser únicamente el ente rector del fútbol mundial. Convertida en una organización con más afiliados que las Naciones Unidas (211 asociaciones miembro frente a los 193 Estados miembros de la ONU), la organización con sede en Zúrich, Suiza, es ahora un actor con influencia política, económica y simbólica a escala global. Sus decisiones movilizan gobiernos, transforman ciudades, atraen inversiones multimillonarias y sirven como plataforma para que países y líderes proyecten su poder ante el mundo.
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Infografía del origen a la globalización de la FIFA. (Diseño: Antonio Tarazona / El Comercio).
“La FIFA tiene actualmente más miembros que las Naciones Unidas. Esto se debe también a que, por ejemplo, el Reino Unido no participa como una sola entidad, sino que sus cuatro países constituyentes (Gales, Escocia, Inglaterra e Irlanda del Norte) van por separado”, explica a El Comercio Ramiro Escobar, internacionalista y profesor de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). A diferencia de otros organismos globales, añade, esta entidad privada goza de una amplia autonomía y opera con un margen de independencia que le permite imponer condiciones a Estados y organizadores.
El modelo más reciente es el Mundial del 2026, que se desarrolla en tres países (Estados Unidos, México y Canadá) y bajo la sombra política de Trump. El republicano ha aparecido repetidamente junto a Infantino y en diciembre pasado, durante el sorteo de la Copa del Mundo en Washington, recibió un controvertido primer “Premio de la Paz de la FIFA” entregado por el dirigente suizoitaliano, que en noviembre del año pasado recibió la nacionalidad libanesa debido a su vínculo matrimonial con Lina Al Ashkar y por su apoyo al deporte en el país. Aquella decisión del presidente de el Líbano, Joseph Aoun, generó indignación en un país donde las mujeres casadas con extranjeros no pueden transmitir su nacionalidad a sus hijos.
Para Escobar, el gesto de Infantino hacia Trump, en medio de un contexto en el que el mandatario criticaba al Comité Nobel Noruego por no haber recibido el Premio Nobel de la Paz, marcaba un precedente preocupante. “Es un acto que rebasa un límite nunca antes cruzado. Es una decisión que Infantino tomó sin consultar a nadie. Se considera una lisonja innecesaria hacia un presidente disruptivo”, sostiene.

(L-R) US President Donald Trump speaks next to FIFA President Gianni Infantino after being awarded the FIFA Peace Prize during the draw for the 2026 FIFA Football World Cup taking place in the US, Canada and Mexico, at the Kennedy Center, in Washington, DC, on December 5, 2025. (Photo by Jim WATSON / AFP)
/ JIM WATSON
La complacencia de Infantino hacia el republicano provocó una lluvia de críticas, no solo en el ámbito futbolístico, sino también desde el lado político. Es más, la organización sin fines de lucro Fair Square presentó una denuncia ante el Comité de Ética de la FIFA argumentando que su máximo dirigente violó el artículo 15 del Código de Ética de la entidad que rige el fútbol internacional. El reglamento asegura que los funcionarios y miembros de la FIFA no deben permitir que el fútbol se use para agendas políticas, además de mantener una neutralidad política con todos los gobiernos de sus afiliados. A la actualidad, el reclamo sigue un curso parsimonioso, casi olvidado.
Ahora, a menos de dos semanas para el inicio del Mundial 2026, las críticas contra la FIFA han vuelto a cobrar fuerza, pues enfrenta investigaciones por sus prácticas de comercialización de entradas. La justicia de Nueva York y Nueva Jersey, sedes de la Copa del Mundo, anunciaron una pesquisa sobre la venta de boletos para los duelos que se disputarán en el MetLife Stadium, incluida la esperada final del certamen. Las autoridades buscan determinar si algunos aficionados fueron inducidos a error respecto de la ubicación real de sus asientos y si determinados métodos contribuyeron a elevar artificialmente los precios. La polémica se suma a las denuncias de organizaciones de hinchas europeos, que han acusado a la FIFA de priorizar criterios comerciales por encima de la experiencia de los aficionados.
El negocio global
Para entender este fenómeno, Ramiro Escobar considera indispensable mirar más allá de la cancha y la pelota. “El fútbol es más que un deporte; es un fenómeno social y una especie de guerra tribal ritualizada”, afirma el analista internacional y docente de la PUCP. En las relaciones internacionales existe un concepto conocido como “poder blando”, que describe la capacidad de un país para influir mediante el prestigio, la cultura o la atracción simbólica. Ahora, los grandes eventos deportivos se han convertido en una de las herramientas más eficaces para ejercer ese tipo de influencia.
Por ello, organizar un Mundial representa mucho más que albergar partidos. “Solo los países que poseen poder blando pueden organizar un megaevento deportivo para demostrar su infraestructura, estadios, capacidad económica y hotelera”, explica Escobar.
La historia reciente ofrece múltiples ejemplos. Rusia utilizó el Mundial del 2018 para proyectar una imagen de fortaleza internacional bajo el liderazgo de Vladimir Putin. Brasil impulsó simultáneamente la organización del Mundial del 2014 y los Juegos Olímpicos de Río 2016 durante los gobiernos de Luiz Inácio Lula da Silva. Marruecos, por su parte, ha construido una estrategia regional que lo llevó de organizar la Copa Africana de Naciones a convertirse en coanfitrión del Mundial del 2030 junto con España y Portugal.

El presidente de la FIFA, Gianni Infantino (centro), al lado del presidente ruso Vladimir Putin (derecha) y el pr’incipe heredero de Arabia Saudita, Mohammed bin Salman (izquierda).
La relación entre fútbol y poder, sin embargo, no es nueva. El académico recuerda que ya durante la década de 1930 el régimen de Benito Mussolini utilizó la Copa del Mundo como una vitrina para exhibir la fuerza de la Italia fascista. Lo novedoso es la dimensión económica que ha adquirido el fenómeno. “El fútbol se ha transformado en un negocio archimillonario donde lo que pesa es cuánto dinero se puede extraer”, resume.
Bajo esa lógica también se explica la creciente influencia de los países del Golfo. Arabia Saudita albergará el Mundial de 2034, mientras que Catar organizó la edición de 2022 y los Emiratos Árabes Unidos llevan años invirtiendo en clubes, patrocinadores y figuras internacionales. “Arabia Saudita, Catar y los Emiratos han entendido que ser una potencia futbolística los posiciona globalmente”, señala Escobar.
La elección de Arabia Saudita como anfitrión de la Copa del Mundo del 2034 alimentó aún más los cuestionamientos contra la FIFA. La rapidez con la que se encaminó la candidatura y la cercanía pública de Infantino con las autoridades saudíes llevaron a observadores y organizaciones de derechos humanos a poner bajo la lupa el papel del presidente del ente rector del fútbol internacional. Las críticas no apuntan únicamente al país anfitrión, sino a la percepción de que el máximo dirigente del fútbol mundial podría estar privilegiando la relación con un aliado estratégico que ha invertido miles de millones de dólares en el deporte, difuminando la línea entre los intereses institucionales de la FIFA y los de una potencia decidida a ampliar su influencia global a través del fútbol.
El “Mundial trumpiano”
La cercanía entre la FIFA y Donald Trump constituye, para Ramiro Escobar, la manifestación más visible de una tendencia que privilegia el espectáculo y el negocio. El internacionalista utiliza incluso una definición para referirse a la próxima Copa del Mundo. “Este es el Mundial trumpiano porque está fuertemente vinculado al perfil de Trump: todo es negocio, business y figuración”, afirma.
La expansión a 48 selecciones, la venta masiva de paquetes premium y la búsqueda constante de nuevos ingresos alimentan esa percepción. También lo hace la idea de convertir la final en un espectáculo cada vez más parecido al Super Bowl estadounidense.
Escobar menciona también el concepto de la “superbowlización” del Mundial, acuñado por uno de sus alumnos. Una de las propuestas discutidas es que se va a ampliar el entretiempo de la final para incluir un gran espectáculo musical, similar a lo del Super Bowl, el principal evento deportivo de los estadounidenses. Aunque la medida podría generar mayores ingresos y atraer nuevas audiencias, también plantea riesgos deportivos. “Los jugadores se enfrían y eso puede afectar su rendimiento o provocar lesiones”, advierte.

La FIFA dejó de ser un actor solo futbolístico para ahora tener influencias en la política, la economía y la geopolítica global.
La reflexión conecta con una crítica formulada años atrás por el escritor uruguayo Eduardo Galeano en el libro El fútbol a sol y sombra. Allí advertía que el crecimiento desmedido del negocio amenazaba con eclipsar la esencia del juego. Para Escobar, la situación actual parece confirmar ese diagnóstico. “El fútbol es un reflejo de la sociedad. Si la sociedad está mal y atraviesa una crisis de valores, el fútbol reflejará esa misma realidad”, concluye.
Las tensiones geopolíticas también empiezan a tener consecuencias concretas en la organización del torneo. Escobar menciona el caso de Irán, cuya selección ha optado por instalar su campamento base en México en lugar de Estados Unidos debido al deterioro de las relaciones entre Washington y Teherán, que no encuentran una salida para poner fin al conflicto iniciado el 28 de febrero pasado.
“La hostilidad de Trump hacia Irán ha provocado que prefieran establecerse en Tijuana y cruzar la frontera para disputar sus partidos”, señala. Para el internacionalista, el episodio muestra cómo las decisiones de política exterior pueden terminar influyendo en aspectos logísticos y deportivos de un evento de gran magnitud como el Mundial.
Mientras millones de personas esperan el inicio de la mayor fiesta del fútbol, la FIFA enfrenta un desafío cada vez más complejo: convencer de que sigue siendo la organización que gobierna el deporte más popular del planeta y no solamente una de las corporaciones más poderosas e influyentes del escenario global.
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