Hace siete años, el profesor y exdecano de la Escuela de Gobierno Kennedy de la Universidad de Harvard, Graham T. Allison, empezó una charla TED diciendo que hablaría del desafío más grande que iba a enfrentar el mundo en el futuro previsible: el ascenso de China.
Según Allison, ningún país en la historia había ascendido tan rápido y en tantas dimensiones. No le faltaba razón: la economía china pasó de tener 90% de pobreza extrema en 1978, año en que el reformista Deng Xiaoping llegó al poder, a menos de 1% en la actualidad. Y aunque todavía está lejos de los niveles de PBI per cápita de Estados Unidos, China ya empieza a disputarle el liderazgo respecto de una serie de tecnologías que, como la inteligencia artificial o los materiales avanzados, van a ser determinantes para definir la geopolítica del siglo XXI.
El objetivo de Allison en aquella charla fue popularizar una idea que acababa de acuñar en su libro “Destined for War: Can America and China Escape Thucydides’s Trap?”, vale decir, el concepto de la trampa de Tucídides. Este último, recordarán algunos, fue un general ateniense que, en su obra del siglo V a.C. “Historia de la guerra del Peloponeso” argumentó que “fue el ascenso de Atenas y el temor que esto infundió en Esparta lo que hizo inevitable la guerra”.
Allison analizó 500 años de historia previos al siglo XXI para entender si, como pasó entre Atenas y Esparta, el ascenso de una potencia emergente y el temor que esto generaba en la potencia hegemónica llevaba necesariamente a un conflicto militar. Y encontró que, de 16 casos en los que se reproducía esta dinámica, en 14 la situación terminó en guerra.
Existe debate en la academia sobre la validez de la metodología empleada por Allison, sobre todo cuando la aplica para hablar de la actual rivalidad entre China y EE.UU. Alguna vez le escuché decir al profesor de la Universidad de Georgetown Charles Kupchan que, a pesar de la supremacía del poderío estadounidense en el siglo XX, el único período en que el mundo fue verdaderamente unipolar fue entre la caída del muro de Berlín y el atentado de las Torres Gemelas. Por otro lado, China no es estrictamente una “potencia emergente” por cuanto su economía ha sido la más grande del planeta en 18 de los últimos 20 siglos. Digamos que el eslogan “Make China Great Again” tiene más base que su contrapartida.
También ha habido quienes pensaron que, llegado el cambio de siglo, la imbricación de las economías estadounidense y china era tal que resultaba inimaginable que escalaran las tensiones al punto de gatillar un conflicto militar. Habría que preguntarle a los taiwaneses si tienen esa certeza. Por un lado, China tiene en Xi Jinping un liderazgo bastante más autoritario que sus antecesores, aunque no irracional. Lo de Donald Trump en Estados Unidos sí desafía cualquier precedente. Parece que su gobierno está reaccionando con el miedo típico de la trampa de Tucídides convertido en una necesidad de proyectar poderío en todo sentido, pero la irracionalidad de Trump está acelerando el declive relativo de EE.UU. con la destrucción gratuita de su sistema de alianzas internacionales.
La trampa de Tucídides no es una regularidad científica, como el propio Allison reconoció siempre, pero sí una advertencia. El que las escaramuzas entre estas dos potencias rivales estén escenificándose en un país de poca gravitación geopolítica como el Perú es razón suficiente para preguntarnos si tenemos realmente una estrategia para enfrentar las presiones que empezarán a venir de ambos lados.
Y la respuesta es que no la tenemos, porque así como el presidente José Jerí un día come chifa, el otro come hamburguesa.
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