La seguridad social: cuando el humanismo se hace institución, por Virginia Baffigo

Toda sociedad responde, tarde o temprano, a una misma pregunta: ¿qué hace con las personas cuando la enfermedad, la discapacidad o la vejez las vuelven más vulnerables?

La respuesta distingue a las naciones no solo por la fortaleza de su economía, sino también por la calidad de su pacto social. La seguridad social nació para responder a esa pregunta. No es una concesión del Estado ni un acto de beneficencia. Es una promesa colectiva: la decisión de una sociedad de proteger a cada persona frente a las contingencias de la vida, con la certeza de que nadie debería afrontar solo la enfermedad, la pérdida de la capacidad de trabajar o los años de la vejez.

Esa promesa descansa sobre un principio profundamente humano: la solidaridad. Pero la solidaridad no consiste únicamente en compartir recursos; consiste, sobre todo, en compartir el riesgo. Quienes hoy trabajan contribuyen para proteger a quienes hoy necesitan atención, sabiendo que mañana otros harán lo mismo por ellos. Es un pacto de reciprocidad entre generaciones que reconoce que la dignidad de la persona no depende de su edad, de su salud ni de su productividad.

Por ello, la seguridad social trasciende el ámbito sanitario. Es una institución social antes que un servicio de salud; protege el capital humano que sostiene el desarrollo de un país, brinda estabilidad a las familias frente a la incertidumbre y honra el esfuerzo de quienes dedicaron su vida al trabajo. En su esencia constituye una de las expresiones más logradas del humanismo contemporáneo, porque organiza instituciones, recursos y políticas alrededor de una convicción sencilla: toda persona merece ser protegida cuando la vulnerabilidad llama a su puerta.

Los principios de la seguridad social necesitan expresarse a través de instituciones capaces de hacerlos realidad. En el Perú, esa misión recae principalmente en el Seguro Social de Salud —EsSalud—. Por ello, el inicio de un nuevo gobierno ofrece una oportunidad que trasciende el cambio de autoridades: preguntarnos si nuestro seguro social está honrando plenamente la doctrina que le dio origen.

Con frecuencia, el debate público gira en torno a las listas de espera para una consulta especializada o una intervención quirúrgica. Son problemas reales y dolorosos. Sin embargo, constituyen el síntoma de un desafío mayor. Cuando un paciente espera durante meses una cirugía, un quirófano permanece subutilizado o un hospital de alta complejidad atiende casos que podrían resolverse en otro nivel de atención, no solo se retrasa una prestación médica. También se debilita la confianza de millones de asegurados y se desperdician recursos que pertenecen a toda la comunidad de aportantes.

Por eso, el verdadero desafío del seguro social peruano no consiste únicamente en atender más pacientes, sino en honrar el pacto de solidaridad que sustenta la seguridad social.

Ello exige recuperar una visión de largo plazo. El éxito de un seguro social no puede medirse solo por el número de consultas o cirugías realizadas. Su mayor logro consiste en evitar que las personas enfermen cuando ello es posible. Promover estilos de vida saludables, identificar tempranamente los factores de riesgo y fortalecer el primer nivel de atención no son programas complementarios; representan la forma más inteligente y más humana de proteger la salud.

Del mismo modo, organizar adecuadamente la red asistencial, fortalecer la referencia y la contrarreferencia, y recurrir de manera transparente y excepcional a mecanismos de complementariedad cuando las circunstancias lo exijan no son únicamente decisiones administrativas. Son expresiones concretas de respeto por el tiempo, la dignidad y la confianza de los asegurados.

Las instituciones también aprenden. EsSalud ha acumulado experiencias y modelos de gestión que demostraron su capacidad para fortalecer la prevención, mejorar el acceso oportuno y hacer un uso más eficiente de sus recursos. El desafío no consiste en comenzar nuevamente desde cero, sino en recuperar ese aprendizaje institucional, perfeccionarlo y darle continuidad.

La seguridad social nunca debería pensarse con el horizonte de un período de gobierno. Pertenece a una escala distinta: la de las generaciones. Cada trabajador que aporta deposita en ella mucho más que una contribución económica; deposita confianza. Confía en que, cuando la enfermedad, la discapacidad o la vejez lleguen a su vida, encontrará un seguro social capaz de responder con oportunidad, dignidad y justicia, porque esa es la razón misma por la que fue creado.

Al final, toda sociedad termina siendo recordada por la forma en que protegió a quienes más la necesitaban. Esa es la razón de ser de la seguridad social. Los seguros sociales son el instrumento mediante el cual esa promesa cobra vida. La responsabilidad de nuestra generación consiste en preservar ambos: la doctrina que les da sentido y las instituciones que la hacen posible. Solo así el Perú podrá seguir respondiendo a la vulnerabilidad con solidaridad organizada, dignidad y justicia.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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