José Jerí y José María Balcázar, por Carlos Basombrío

Los presidentes transitorios elegidos por el Congreso solían tener muy buena imagen. Muy en particular Valentín Paniagua, pero también Francisco Sagasti. Ellos, a diferencia de los electos, que terminaron –o debieran terminar– en prisión, no arrastraron ninguna denuncia por corrupción. Todo eso cambió drásticamente con la putrefacta política de los últimos años.

José Jerí llega a la presidencia cuando los congresistas vacaron a Dina Boluarte, porque acercándose las elecciones ya no les era rentable, sino más bien un lastre, dado que con el 90% de desaprobación era como kriptonita para Superman.

Jerí, comparado con Boluarte, resultó ser una estrella de la comunicación y el márketing político, lo que lo convirtió en un presidente más aprobado que rechazado. Confieso que me chocó que también gente informada e influyente le rindiera pleitesía a quien venía con un nutrido prontuario de corrupción y violaciones a la dignidad de las mujeres.

Más allá de múltiples ‘photo opportunities’, fue más de lo mismo. Sostuvo que en pocos meses solucionaría el problema de la extorsión, renovando los estados de emergencia. Promulgó la ley que ampliaba por un año más el Reinfo. Cuando le preguntaban si iba a exigir que detengan al prófugo Vladimir Cerrón –no por nada el hermano Waldemar estaba en su directiva– el jefe supremo de la FF.AA. y la PNP dijo: “Yo no voy a intervenir ni a favor ni en contra, esa es una decisión propia de la policía”.

Su debacle empezó cuando fue descubierto reuniéndose clandestinamente con empresarios chinos mafiosos, con gorrito y tarde por la noche, al igual que Castillo en Sarratea. “Estaba organizando el Día de la Amistad Perú-China”, fue la primera de una cadena de mentiras al estilo Boluarte con los Rolex. Pero se complicó sobremanera cuando se supo que fueron varias las reuniones clandestinas.

“Déjenlo, pues, le gusta el chifa”, dijo el presidente del Congreso, ratificando los niveles de cinismo y tolerancia con el delito al que ha llegado.

En paralelo, Jerí decidió usar dineros públicos para contratar jovencitas (S/8.000 soles en el primer caso descubierto) que luego se supo fueron al menos nueve, con visitas nocturnas a Palacio y acompañándolo en viajes a regiones. Parece que Jerí se dijo: “Si del Congreso hicimos un antro, por qué no hacer de Palacio un lugar de mala fama también”.

Como se perdona el pecado, pero no el escándalo, fue vacado por los mismos que lo encumbraron. Habiendo opciones razonables para el cargo –por ejemplo, Roberto Chiabra y María del Carmen Alva– optaron por José María Balcázar, la versión izquierdista del derechista Jerí.

El elegido venía con las dos cualidades que adornaban a su predecesor. Por un lado, 13 carpetas fiscales por colusión, prevaricato, estafa, abuso de autoridad, entre otras. El más conocido, el juicio en curso por robarle al ilustre Colegio de Abogados de Lambayeque cuando fue su decano, luego de que lo expulsaran del Poder Judicial por malas prácticas. Por el otro, defiende el matrimonio de las niñas con sus abusadores, sosteniendo la monstruosidad de que ello “ayuda al futuro psicológico de la mujer”.

Ya en el cargo, ha demostrado su calaña abusando de su poder, entre otras cosas, para poner a sus amigotes en cargos de importancia, y ya saben para qué. Es que gallina que come huevo, aunque le quemen el pico.

El colofón de toda esta aciaga historia fue el otorgamiento a Jerí por la Mesa Directiva de la Medalla de Honor en el grado de Gran Cruz. Coherentes con la forma en que manejaron el Congreso, lo hicieron en secreto y de espaldas al país. Que Balcázar no lo reciba daría esperanza de que, al menos en ese poder del Estado, las cosas podrían cambiar.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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