Como todo fanático del fútbol, he tenido experiencias sublimes viendo las Copas del Mundo y celebrando el mejor espectáculo deportivo del planeta, uno que enciende pasiones en todo el globo. He lamentado que el Perú no haya participado más en el tiempo que me ha tocado vivir, pero he gozado viendo equipos y lances legendarios, jugadores que parecían de otro mundo con la camiseta de sus selecciones, hinchas que no paraban de alentar en el estadio y que luego se abrazaban en las calles a pesar de llevar colores distintos en el pecho.
He visto, literalmente, cómo el fútbol convoca a miles de millones. Y hablo aquí de personas antes que de dólares, por si alguien entendió al revés. De hecho, desde que tengo uso de razón he pensado que quienes dirigen el fútbol a nivel internacional tienen las prioridades invertidas. Que primero es el dinero y el poder, y que el deporte que tanto amamos es solo el mecanismo del que se sirven para asegurar tales cosas.
Por eso, no me sorprendió cuando estalló el escándalo de corrupción de la FIFA en el 2015 y vimos a varios dirigentes salir enmarrocados de sus alojamientos de lujo frente al lago en Zúrich. Tuvo que intervenir el FBI para destapar la podredumbre y concretar arrestos por sobornos, fraude y lavado de activos. Y, sin embargo, no hubo mayor reforma después de esto, cambiaron los altos mandos y, 10 años después, ha reventado otro escándalo que también es de corrupción, solo que arropado de otra manera para que no lo parezca.
Esta vez fue el periodista Martyn Ziegler del diario británico “The Times” el que destapó la olla. Puso en evidencia que en la FIFA, ahora liderada por Gianni Infantino, se estaba cocinando a ocultas de sus agremiados un plan para poner los derechos patrimoniales sobre las Copas del Mundo y otros torneos en un vehículo financiero que se abriría a inversionistas privados. Uno sería el fondo Thrive Eternal, administrado por Joshua Kushner, hermano de Jared, quien está casado con Ivanka, la hija de Donald Trump.
Esto permite ver en nueva luz cosas que ya habían sido ampliamente criticadas, como el “premio a la paz” que le dio Infantino a Trump antes del Mundial o la decisión de suspender una sanción contra el jugador estrella de la selección de EE.UU. tras llamada del segundo al primero. Comprensiblemente, muchos pensarán ahora que esta cercanía entre Infantino y Trump era la antesala de ese negociado.
Mi impresión es que el modus operandi en la FIFA ha sido el de llenar de gollerías a los directivos de las federaciones nacionales de fútbol para lograr que estas luego respalden con sus votos al poder superior. Por eso la FIFA tiene más agremiados que las Naciones Unidas y todos pesan igual, lo que hace más fácil “estimular” a un gran número de quienes estén, pues, más necesitados.
Infantino pensó que poniéndoles en frente una cifra millonaria con un plazo perentorio para tomarla o dejarla, iba a conseguir suficientes votos para habilitar la incorporación de esos inversionistas privados, en una transacción en la que le lloverían millones a él mismo.
No tiene nada de malo, por cierto, que el fútbol genere ingentes ingresos, si deleita tanto. Lo problemático es que someta la integridad y el espíritu competitivo de este deporte para hacerlo responder, más bien, a los intereses crematísticos de quienes lo controlan. Que sea el dinero y no el mérito deportivo el que defina los resultados.
Afortunadamente este despropósito parece haberse conjurado. La UEFA, la Concacaf y la AFC ya le dieron la espalda a Infantino (con vergonzante indefinición de la Conmebol), al igual que su gerente de operaciones Kevin Lamour y su asesor Carlos Cordeiro. ¿Es demasiado pedir que quien –ojalá– lo reemplace sea alguien que garantice que la pelota no se manche?
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.











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