Desde el arte rupestre de la antigüedad donde los humanos dejaban marcas de sus manos hasta el ‘feed’ y publicaciones de nuestras redes sociales, la intención es similar: buscar la manera de ser recordados en el futuro.
Las personas siempre han buscado diferentes maneras de poder trascender, poder ir más allá de los límites físicos, temporales y de su propio yo para dejar un impacto que sobreviva al olvido. Estos actos permiten llevar el nombre de alguien más allá de la muerte, permitiendo así a algunos cumplir su deseo de ser recordados o, a otros, evitar su miedo de ser olvidados.
Con ello, se podrían plantear tres pilares fundamentales que explican estas acciones. Primero, la necesidad de ser reconocidos y valorados. “El humano es sociable por naturaleza”. Como seres sociables, el reconocimiento externo valida nuestra identidad. Ser recordado es la confirmación de que nuestra voz fue escuchada. Segundo, impacto y propósito en la vida. Se dice que el ser humano muere dos veces: cuando exhala su último suspiro y cuando es olvidado. Tercero, instinto de supervivencia simbólica. El legado que se deja por medio de libros u otras formas nos permite sobrevivir a través de la memoria de los demás.
Este deseo no es solo una búsqueda de inmortalidad, sino el resultado de algo que se ha impregnado en la sociedad. Sin embargo, hemos creado un “medidor de éxito” que mide el valor de una vida según sus reconocimientos o riquezas. Si nos obsesionamos con ser “alguien” para la posteridad, corremos el riesgo de perder el significado real de nuestras metas. Por ello, buscar dejar una huella positiva no es malo, pero debemos cuidar que, en el intento de trascender, sacrifiquemos la verdadera meta de la vida: la libertad de ser nosotros mismos.












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