América Latina dio un giro dramático hacia la derecha con las recientes elecciones en Colombia, Perú, Chile, Bolivia, Paraguay, Argentina, Ecuador y varios países de Centroamérica. Este nuevo mapa político abre una oportunidad inédita para que gobiernos promercado coordinen esfuerzos y atraigan una ola de inversiones a la región. ¿Pero lo harán o irá cada uno por su lado?
Es cierto que el presidente Donald Trump inauguró en marzo en Miami el “Escudo de las Américas”, una coalición de 11 países para coordinar fuerzas militares y policiales, combatir a los carteles y frenar la inmigración ilegal. Sin embargo, la alianza de seguridad de Trump no incluye temas económicos. Por el contrario, Trump ha anunciado aumentos de aranceles a América Latina, igual que al resto del mundo, y cortó la ayuda externa. No obstante, hay varias medidas que los presidentes promercado de la región podrían tomar para atraer inversiones.
Primero, deberían firmar convenios de libre comercio interregional de productos específicos para permitir que un inversor extranjero pueda, por ejemplo, producir piezas en Argentina, ensamblarlas en Perú y exportarlas a Asia desde Ecuador sin trabas arancelarias. En lugar de crear una nueva burocracia regional y empezar a negociar acuerdos generales que tardan años, podrían firmar un “acuerdo de facilitación comercial rápida” para determinados productos, como se hizo en Europa antes de la creación del mercado común.
En 1951, los europeos firmaron un acuerdo para facilitar el intercambio de dos productos —el carbón y el acero— y con los años lo fueron expandiendo a cada vez más bienes hasta llegar a lo que hoy es la Unión Europea. En América Latina ocurrió lo contrario: se empezó por la poesía y se dejaron para el futuro las medidas concretas, que nunca se materializaron. Los países promercado de América Latina podrían eliminar aranceles a productos agroindustriales, autopartes y tecnología, implementar ventanillas únicas digitales para inversores y reducir los tiempos aduaneros a un máximo de 48 horas entre países miembros.
Segundo, los gobiernos de centroderecha y derecha de la región podrían establecer un “pacto de estabilidad para la inversión” con compromisos verificables, como no imponer impuestos retroactivos, garantizar la libre repatriación de capitales y someter las disputas a organizaciones internacionales de arbitraje reconocidas.
Tercero, podrían crear una visa turística única para toda la región, como las visas Schengen en Europa. Hoy en día, con algunas excepciones —como la visa única de Centroamérica o los permisos de entrada que ofrece México a turistas con visas vigentes de Estados Unidos— cada país latinoamericano exige su propia visa. Si hubiera una visa regional, América Latina podría recibir una tajada mucho mayor de los 140 millones de turistas internacionales anuales provenientes de China.
La pregunta ha dejado de ser si América Latina tendrá gobiernos más favorables al mercado. La pregunta ahora es si esos gobiernos tomarán medidas concretas de integración comercial. América Latina necesita menos discursos ideológicos y más decisiones coordinadas para atraer un aluvión de inversiones.
—Glosado y editado—
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