¿Cuántos presidentes buenos hemos tenido? ¿Llegaron al poder por la vía electoral? La historia de nuestras elecciones ha pasado por varias etapas, que es oportuno conocer.
Hasta 1896 rigió una votación indirecta. La población apta para votar (los varones mayores de 21) realizaba dos elecciones: primero, después de escuchar la misa, elegía a los miembros de la mesa electoral, que confeccionaría el registro de electores, organizaría la mesa de sufragio y el escrutinio y proclamaría el resultado. Segundo, elegía a sus representantes, cuyo número dependía de la población del lugar. Los representantes seleccionados acudían en una fecha posterior a la capital provincial, donde reunidos en una asamblea o “colegio electoral” elegían a los miembros del Parlamento y al presidente.
Dicho sistema desarrolló dos escollos. Uno fue la violencia que estallaba en las plazas donde ocurrían las elecciones. En la víspera, los seguidores o matones contratados por los bandos en pugna pernoctaban en un lugar adyacente a la plaza (el “encierro”), de modo que a la mañana siguiente pudieran dominarla (la “toma de la mesa”), dejando sufragar solamente a sus partidarios. Los perdedores de estas grescas solían instalarse en otra plaza, donde realizaban una votación paralela. Cada bando confeccionaba su acta, lo que llevaba al segundo escollo: la dualidad de las actas. Quedaba en manos del Congreso decidir cuáles eran las válidas. Para lo que de ordinario se imponía la fuerza de los votos antes que de la justicia.
Para terminar con tales prácticas, en 1896 se emitió una nueva legislación, que introdujo el voto directo de la población por el presidente y los congresistas. Los miembros de las mesas ya no serían elegidos, sino sorteados entre los mayores contribuyentes de la provincia; y los electores ya no serían todos los varones adultos, sino solo los que supiesen leer y escribir, apartando a los militares, policías y religiosos. La elección se volvió más ordenada, pero al costo de dejar fuera a la mayor parte de la población (el analfabetismo rondaba el 80%). En 1899, cuando ocurrió la primera elección bajo este método, los electores habilitados fueron 108.597. Entre una población nacional de 3,5 millones, significaban solo un 3% del total. El ganador fue Eduardo López de Romaña, de las filas del pierolismo; seguido de Manuel Candamo, y del poeta y ensayista Manuel González Prada.
Con la creación del Jurado Nacional de Elecciones como ente autónomo, comenzó en 1931 otra etapa de la historia electoral. Dejó de usarse la cédula desglosable en dos cuerpos, a fin de garantizar el secreto del voto. Presentar candidatos a vicepresidentes era solamente una opción. Cuando Luis Miguel Sánchez Cerro fue asesinado en 1933, no tenía vicepresidente, por lo que el Congreso nombró de emergencia a Óscar Benavides, que como militar en ejercicio no debería haber asumido. Para 1931, el número de electores había subido a 392.363, que representaban un 7% de la población. El doble que en 1896.
Ganaba la elección quien conseguía al menos un tercio de los votos válidos. Si nadie lo alcanzaba, era el Congreso quien elegía al presidente entre los tres más votados. En vez de ello, en 1985 se introdujo la realización de una segunda votación entre los dos primeros, a la vez que la valla para ganar en primera vuelta fue elevada al 50%.
En 1955 se otorgó el voto a la mujer, aunque la primera candidata asomaría recién en 1990. En 1979 se devolvió el voto a los analfabetos, que por entonces representaban una quinta parte del electorado, la edad para votar se rebajó a los 18 años y se extendió el derecho al voto a los peruanos en el extranjero. En el 2006 se habilitó el voto de los militares y policías.
El registro electoral para este abril incluye a 27,3 millones, de los cuales 26,1 millones residen en el Perú. Se trata de un 75% de la población nacional. Aunque nada garantiza que votemos bien, al menos hoy votamos casi todos.
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