El Perú no está en el centro del conflicto entre Estados Unidos y China. Pero ya está dentro de su radio de influencia.
En las últimas semanas, mientras la Corte Suprema de Panamá declaraba inconstitucional la concesión que permitió a una filial del conglomerado hongkonés CK Hutchison operar los puertos de Balboa y Cristóbal, el Perú empezaba a sentir un cambio de tono en su entorno externo desde Washington. Advertencias diplomáticas sobre la supervisión del megapuerto de Chancay — operado por COSCO Shipping— y un escrutinio creciente marcan un punto de inflexión.
¿Qué es la ‘Doctrina Donroe’?
El término, acuñado en enero por medios estadounidenses, combina “Donald” y “Monroe”. Hace referencia a una reinterpretación contemporánea de la histórica Doctrina Monroe (“América para los americanos”). La Estrategia de Seguridad Nacional publicada por la administración Trump en diciembre de 2025 es clara: Estados Unidos “reafirmará y hará cumplir la Doctrina Monroe” para impedir que competidores extrahemisféricos —léase China— controlen activos estratégicos en el continente.
El dilema peruano: Chancay en la mira
El megapuerto de Chancay no es solo una obra de infraestructura. Es el nodo principal de la conexión Asia-Sudamérica y, por ello, un punto focal en este nuevo tablero. El reciente fallo judicial que restringe el alcance de supervisión de Ositrán abrió una discusión que trasciende lo regulatorio. Cuando el Departamento de Estado de los Estados Unidos expresó su preocupación por la capacidad del Perú de supervisar infraestructura crítica vinculada a capital chino, el debate dejó de ser doméstico.
Si la controversia escala al Tribunal Constitucional, el proceso podría prolongarse durante años. Mientras tanto, el principal proyecto logístico del país operaría en medio de un debate sobre gobernanza y capacidad soberana de supervisión.
Todo esto ocurre en un momento políticamente sensible: la llegada del gobierno de José María Balcázar, un mandato breve que, en el exterior, es percibido como un periodo de menor previsibilidad institucional. Este gobierno transitorio tiene una limitada capacidad para impulsar reformas estructurales profundas. Sin embargo, no está impedido de enviar señales diplomáticas, regulatorias o simbólicas que incidan en la lectura externa del Perú. En la lógica transaccional actual, las percepciones importan tanto como los hechos.
En paralelo, la designación del Perú como Aliado Principal Extra-OTAN y la llegada de un nuevo embajador estadounidense refuerzan que la relación bilateral atraviesa una fase de mayor densidad estratégica.
El dilema ya no es jurídico. Es estructural: ¿cómo equilibrar capital chino, supervisión institucional robusta y una relación estratégica con EE.UU. sin comprometer la estabilidad del marco regulatorio?
Lo que pasó en Panamá: una advertencia para la región
Panamá no es un caso aislado. Es una señal de la vulnerabilidad de economías estratégicamente valiosas, pero con limitada capacidad de presión. Como señaló The Economist, es “difícil imaginar” que la anulación de los contratos portuarios hubiera ocurrido sin presión estadounidense. La revista añadió que esta decisión podría convertir a este país en un precedente para otros y que el fallo vuelve a poner bajo escrutinio sus credenciales como destino de inversión.
La lección para el Perú no es escoger mejor entre potencias, sino comprender que una dependencia estructural reduce el margen de maniobra frente a ambas.
¿Por qué importa esto ahora?
Para dimensionar el desafío, hay que mirar los números:
- Comercio concentrado: China representa ya un tercio de las exportaciones peruanas (34% en 2024), más del doble que Estados Unidos (13%). Esta concentración no implica alineamiento automático, pero sí expone al país a cualquier fricción geopolítica.
- Inversión china: En la última década, el Perú se ha ubicado entre los principales destinos de la inversión china en Sudamérica. No es el mayor, pero es lo suficientemente relevante como para estar en el radar de Washington.
Lo que viene
El gobierno de Balcázar es transitorio, pero el contexto de alta presión externa no lo es. Lo que ocurra en las próximas elecciones generales definirá el marco de negociación del Perú frente a las dos principales potencias del mundo.
El país aspira a consolidarse como el hub logístico del Pacífico sudamericano, con proyectos como la integración Callao-Chancay, el desarrollo de Corío, el corredor bioceánico, entre otros. Pero esta estrategia depende de una premisa central: autonomía relativa. No se trata de neutralidad pasiva, sino de la capacidad efectiva para negociar con múltiples actores sin quedar subordinado a ninguno.
Singapur es frecuentemente citado como modelo. No es “pro-China” ni “pro-EE.UU.”: es pro-interés nacional. Su fortaleza no radica en evitar presiones, sino en hacerlas costosas mediante instituciones sólidas, contratos previsibles, infraestructura estratégica bajo reglas claras y una diversificación real de capital.
Perú no es Singapur. Pero sí posee una ventaja geográfica estratégica como potencial hub del Pacífico sudamericano. La lección no es replicar su escala, sino aprender de sus prácticas: reglas claras, continuidad institucional y coherencia estratégica.
En este nuevo orden, la soberanía no es un discurso. Es la capacidad del Estado de sostener decisiones estratégicas con reglas claras y continuidad institucional.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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