A cuatro días de las elecciones generales, el tablero electoral también se mueve en YouTube vía esas colaboraciones económicas llamadas ‘superchat’. En este último tramo, el voto se decide, aunque también se microfinancia, y esa acción empieza a decir algo relevante sobre la ciudadanía.
En esta recta final ha cobrado protagonismo un fenómeno que parecía marginal: el microfinanciamiento ciudadano. Campañas como el ‘Yapetón del hermanón’ han trasladado parte de la competencia electoral al terreno digital con más intensidad, donde los aportes de cinco soles se convierten en una señal concreta de apoyo y, sobre todo, de lealtad en un contexto de voto tan volátil.
Por ejemplo, el alza de Ricardo Belmont en las últimas encuestas que se podían divulgar coincide con esta estrategia. A través de las redes sociales, especialmente TikTok, y con una narrativa –gestionada por su joven hija, una influencer de esos espacios– que apela a su historia personal más positiva, el candidato ha activado a un grupo de seguidores que no solo consume contenido, sino que interactúa con su candidatura, aportando económicamente a la misma, vía las herramientas que ofrecen redes como TikTok.
El fenómeno no es inédito desde que experiencias internacionales, como la icónica primera campaña de Barack Obama, ofrecieron al ciudadano formas de acercarse realmente a su campaña política favorita. En el 2008, Obama convirtió las pequeñas donaciones en un pilar de su estrategia electoral, apoyado en el uso de plataformas digitales.
Hoy, plataformas como YouTube permiten a los creadores recibir aportes a través del ‘superchat’, donde los usuarios pagan para destacar sus mensajes en transmisiones en vivo. Aunque es un formato pensado para contenidos digitales, su lógica –pagar por participar y ser visible– se ha trasladado al ámbito electoral de cierre de campañas. En el Perú, este tipo de prácticas plantea varias preguntas. ¿Qué motiva a un ciudadano a dar pequeños apoyos económicos en una campaña? Más allá de la afinidad ideológica, parece haber un componente emocional muy importante, pues el aporte no solo respalda una propuesta, sino que genera una sensación de pertenencia.
Sin embargo, el antecedente local obliga a la cautela. Antecedentes predigitales del ‘fundraising’ están, por ejemplo, en la campaña ochentera Seamos Socios, que impulsó el hoy candidato presidencial Ricardo Belmont para financiar su emprendimiento del canal RBC, convocando a miles de pequeños aportantes. Con el tiempo, ese ‘fundraising’ fue fuertemente cuestionado por el manejo de esos recursos y la ausencia de retornos. Décadas después, ese episodio sigue presente en la memoria de los más mayores, pero no en la de esos 2,5 millones de nuevos electores, que no tienen el hecho mapeado.
En estos últimos días de campaña, el comportamiento de los electores no solo se reflejará en las urnas, sino previamente en una serie de acciones digitales, que pueden expresarse desde un “me gusta” hasta colocar un ‘superchat’ en alguna transmisión de cierre de campaña que realizan los candidatos.
¿Son esas acciones verdaderas señales de adhesión y un adelanto de lo que pasará este domingo 12 de abril? Aún no lo sabemos, y ciertamente será una buena forma de empezar a ponderar mejor el impacto de la socialización política vía digitalización, respecto de personas jóvenes, y no tan jóvenes, sin importar si estas se encuentran en zonas urbanas o rurales, o en Lima o en las regiones.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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