La coronación del Rey Momo, por Mario Ghibellini

La vida moderna nos ha hecho olvidarlo, pero los carnavales tienen un sentido ritual. No solo son unos días de desahogo antes de que los supersticiosos se sometan a los rigores de la cuaresma. Son, desde mucho antes de que la doctrina cristiana impusiera el ayuno y la abstinencia durante los cuarenta días previos al “domingo de resurrección”, una forma de renovar el mundo. O, para ser más precisos, las fuerzas que lo impulsan. Representan una abolición momentánea de las normas sociales y éticas que habitualmente respetamos, un breve retorno al caos primigenio antes de encarrilarnos de nuevo en la conducta civilizada que debemos observar cotidianamente. Se toleran por eso, en las fechas que lo comprenden, desbordes de todo tipo bajo la protección de las máscaras. Borradas las identidades, nadie es responsable de nada y que viva Changó… Preside, además, la instalación de este mundo al revés una figura mítica que la tradición ha bautizado como el Rey Momo. Un monarca que ostenta también una máscara grotesca, emblema del escarnio de la virtud y la sensatez que caracteriza su reinado. En algunos lugares se le entregan las llaves de la ciudad a un individuo disfrazado de ese peculiar soberano cuando la celebración de los carnavales inicia; en otros, se lo corona entre bailes extáticos y aporreos de tambores que anuncian el motín que se está desatando.

Ilustración: Composición GEC

En el Perú, por supuesto, honramos también esa fiesta. Pero, como suele suceder en tantos otros contextos, no necesariamente con la puntualidad que corresponde. De acuerdo con el calendario lunar, en este 2026, tendríamos que haber celebrado los carnavales entre el 12 y el 17 de febrero. Se diría, sin embargo, que para nosotros el día central fue el 18, fecha que ciertos forofos locales del Rey Momo eligieron para encumbrarlo en el poder.

Si lo pensamos bien, en determinadas circunstancias, el voto secreto es profundamente carnavalesco. Sobre todo, si quienes lo ejercen son personas que representan a muchas otras, a las que les deben transparencia en cada uno de sus actos. Sucede que ese tipo de voto funciona a veces como una máscara, pues al amparo del anonimato que presta uno puede cometer tropelías que sus representados no aprobarían… y después echarle la culpa a otro. ¿Hemos visto algo de eso recientemente en la escena política peruana? En esta pequeña columna, opinamos que sí. El día ya mencionado, se inauguró, como consecuencia de un respaldo en votos que hoy todos niegan, un periodo de inversión de más de uno de los valores que sostienen la convivencia pacífica entre nosotros. Un periodo en el que, por ejemplo, “las relaciones sexuales tempranas –no precisamente una alusión a los socorridos ‘mañaneros’– ayudan al futuro psicológico de la mujer”, o la apropiación ilícita de fondos de una institución no constituye un demérito preocupante. Un periodo en el que se busca consejos para el buen gobierno en los prófugos de la justicia, y la posibilidad de indultar a cacos golpistas solo es descartada “por el momento”. Un periodo, en fin, en el que, a fuerza de invocar a Platón para adornarse intelectualmente, se confunde la charlatanería con los diálogos, mientras los que esperan retribución por el apoyo concedido fingen sorpresa.

Como la historia enseña, del Rey Momo de ocasión se encargará pronto la banda embrujada, auténtico ‘horrocrux’ criollo. De los que tendríamos que encargarnos los electores, en cambio, es de los otros protagonistas de esta jornada. Esto es, de aquellos que desde el palco o la cancha auspiciaron esta coronación taimada y ruin.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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