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Los candidatos presidenciales Keiko Fujimori, de Fuerza Popular, y Roberto Sánchez, de Juntos por el Perú, compitieron ayer en el octavo balotaje en la historia electoral del país.

Aunque el mecanismo entró en vigencia desde los comicios de 1985, se utilizó por primera vez cinco años más tarde, en 1990, cuando Alberto Fujimori superó a Mario Vargas Llosa por una holgada diferencia de más de 1,8 millones de votos; es decir, 25 puntos porcentuales.

En 36 años, los votos que separan a los ganadores de sus oponentes en las urnas se han ido reduciendo hasta márgenes ínfimos, pero la polarización aumentó.

En un mundo hiperconectado, los insultos, pullazos y ‘fake news’ comunes en las campañas electorales se han amplificado a través de las redes sociales.

La brecha de votos más pequeña entre postulantes a la presidencia se registró en el 2016, cuando Pedro Pablo Kuczynski superó a Keiko Fujimori por solo 41.057 adhesiones (0,2 puntos porcentuales).

En los siguientes comicios, la ventaja de Pedro Castillo –sentenciado a 11 años de cárcel por haber dado un golpe de Estado en el 2022– sobre la exlegisladora fue de 44.263, apenas 0,3 puntos porcentuales.

Al margen de quién resulte ganador de la jornada electoral de ayer, las proyecciones indican que la diferencia de adhesiones entre Fujimori y Sánchez también será mínima.

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El fujimorismo, representado inicialmente por Alberto Fujimori y desde hace 15 años por su hija Keiko, ha disputado seis de las ocho segundas vueltas, el 75% del total.

Su fundador, fallecido a los 86 años en el 2024, ganó los dos balotajes en los que participó. Sin embargo, su victoria sobre Alejandro Toledo en el 2000 estuvo manchada por evidentes irregularidades.

En tanto, su hija ha perdido tres segundas vueltas y ahora compite en la cuarta. El politólogo Paulo Vilca, investigador del Instituto de Estudios Peruanos (IEP), considera que más allá de cuánto han variado las distancias entre oponentes electorales en los balotajes, “es claro que hay una gran resistencia de la sociedad al fujimorismo”.

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Esa oposición, añade el especialista, trasciende incluso al legado de Alberto Fujimori.

“El antifujimorismo es transversal: no solo está asociado a la izquierda, tampoco corresponde a un solo sector socioeconómico. Pero tampoco es solo territorial: no solo el sur es antifujimorista. La resistencia a Keiko Fujimori cruza ideologías, sectores sociales y territorios [regionales]”, destaca en diálogo con El Comercio.

El sociólogo Danilo Gago, docente de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM), comenta que aunque los partidos políticos cambian, las preferencias electorales se mantienen en la escala regional.

“Hay patrones consistentes. Keiko Fujimori tiene el voto de la costa norte y el oriente. Además, tiene un voto importante en Lima [en los balotajes]”, indica a este Diario.

Por ejemplo, en la segunda vuelta del 2021, se impuso en Tumbes, Piura, Lambayeque, La Libertad, Lima, Callao, Ica, Loreto, Ucayali y la circunscripción conformada por los peruanos en el extranjero.

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Respecto del actual proceso electoral, la analista política Mabel Huertas indicó: “No estamos votando por alguien, sino en contra de alguien. […] También hay un factor emocional que nos hace decidir al último minuto. Hay un factor de antifujimorismo, pero también hay otros antis que juegan un factor importante”, asevera la también socia de la consultora 50+Uno.

Hay una realidad irrefutable: a pesar de las derrotas de la excongresista, Fuerza Popular se ha consolidado como el partido más organizado y sólido de la caótica política nacional.

“El fujimorismo tiene una estructura y vocación por la educación [partidaria]. Además, representa un proyecto político e institucional que puede darle vigencia en el tiempo, algo en lo que el resto de partidos son débiles”, apunta Vilca.

Finalmente, la historia de los balotajes en el Perú muestra que desde el 2011, el blanco y viciado no ha superado el 6,5% del total de votos emitidos.

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En el 2001, cuando los periodistas y escritores Jaime Bayly y Álvaro Vargas Llosa promovieron una campaña para invalidar el voto, estos alcanzaron el 13,8%. En aquellos comicios, los primeros posteriores a la caída de Alberto Fujimori, Alan García y Alejandro Toledo disputaron el balotaje.

“Si el voto en blanco y el voto viciado constituyen un caudal elevado, les habremos enviado un mensaje poderoso e inequívoco a Toledo y García, les habremos dicho el día de las elecciones que el Perú desconfía de ustedes, pero estará atento y vigilante a los posibles excesos, transgresiones y desenfrenos que ustedes perpetren desde el poder”, sostuvo entonces Bayly.

Un cuarto de siglo después, la desconfianza aún signa la política peruana.

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