Este lunes se dio a conocer que Julio Velarde aceptó la propuesta de Keiko Fujimori de continuar cinco años más al frente del directorio del Banco Central de Reserva (BCR), extendiendo así una de las gestiones más sólidas y respetadas de la historia económica del país. La decisión merece ser celebrada sin reservas: en un contexto regional marcado por la volatilidad, el Perú cuenta con la garantía de continuidad técnica que representa este economista.
Durante casi dos décadas al mando del BCR, Velarde ha logrado algo que pocos bancos centrales en el mundo pueden exhibir. Bajo su conducción, la inflación peruana se ha mantenido, en promedio, dentro o cerca del rango meta de entre 1% y 3%, una de las metas más exigentes de la región, comparable a la de economías desarrolladas. Este logro no es menor: mientras varios países vecinos enfrentaron episodios de alta inflación, devaluaciones abruptas o crisis cambiarias, el sol peruano se ha mantenido como una de las monedas más estables de América Latina. Las reservas internacionales, que bordeaban los US$14.000 millones cuando asumió en el 2006, hoy superan largamente esa cifra, constituyendo un colchón que ha permitido a la economía peruana capear crisis globales, caídas de commodities y la propia pandemia sin perder el rumbo.
El reconocimiento a esta labor no proviene únicamente del ámbito local. Velarde ha sido distinguido en múltiples ocasiones como banquero central del año por publicaciones especializadas de referencia mundial, incluyendo la revista “The Banker” del grupo Financial Times, que lo nombró mejor banquero central a nivel global y también de las Américas en distintas oportunidades, así como por Global Finance y LatinFinance. Estos premios reflejan la evaluación técnica de mercados, analistas y organismos internacionales que ven en la autonomía y previsibilidad del BCR un pilar de confianza para la inversión. Y es que Velarde ha logrado que la institución que preside se distinga como una con profesionales de primer nivel, que se rige bajo criterios de meritocracia y nunca, desde que asumió el cargo, ha cedido a presiones de ningún tipo, lo que demuestra que sí es posible consolidar una visión de largo plazo en entidades públicas.
Por ello, la decisión de Fujimori de pedirle a Velarde que continúe merece un saludo optimista, pero aún más la decisión del propio economista de permanecer en el cargo. En un momento de transición política, enviar una señal clara de continuidad institucional en el manejo monetario es un acto de responsabilidad y madurez. La estabilidad no se improvisa: se construye con años de credibilidad técnica, y arriesgarla por afán de renovación hubiese sido un error costoso para millones de peruanos que dependen de una moneda estable y precios predecibles.
Los próximos cinco años traerán desafíos, pero el país los enfrentará con la tranquilidad de tener al timón a quien mejor conoce sus resortes. La continuidad de Velarde es, sin duda, una noticia que el Perú entero debe recibir con genuino optimismo sobre el futuro de su economía.













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