Historiadores del futuro, por Carlos Meléndez

No concuerdo con la mayoría de mis colegas científicos sociales peruanos que aseguran desde ya que el segundo fujimorismo será tan o más autoritario que el primero. Con los historiadores del futuro que pronostican un totalitarismo fascistoide, un régimen de botas y bombas lacrimógenas, con represiones a ciudadanos despojados de sus libertades civiles y de la garantía de los derechos humanos. No estoy de acuerdo con quienes hacen malabares para convencer de que Fuerza Popular ha sido el malévolo titiritero de la inestabilidad política de los últimos diez años, que a pesar de no tener mayoría parlamentaria ha copado todas las instituciones, que ha modificado las reglas electorales a su conveniencia. Estoy en desacuerdo con las etiquetas de “autoritarismo parlamentario”, “pacto mafioso”. Mucho menos con la ridícula hipótesis de los reformólogos de que si no se hubiesen bajado las PASO hoy tendríamos un mejor sistema de partidos.

No es menester de esta columna refutar cada una de estas alucinaciones, pues ya lo he hecho con anterioridad. Además, con el paso del tiempo, quedan desveladas como desvaríos o exageraciones. Pero sí entender las motivaciones que llevan a una comunidad intelectual-artística a ensayar una visión tan moralmente maniquea de la realidad. En el otro lado, elevan a Fuerza Popular (un partido con todos los problemas de enraizamiento y representación que puede tener un partido en el Perú) en una suerte de maquinaria política aplastante que ha penetrado el Estado al nivel del PRI mexicano del siglo anterior. Además, clasifican al partido liderado por Keiko Fujimori como autoritario desde la médula. Por otro lado, están ellos, los intelectuales-artistas de la resistencia democrática, quienes alertan desde el más mínimo movimiento de placas tectónicas, los sismos autoritarios que destruirán nuestra superficie institucional. No se equivoque, no estamos ante quienes solo practican el modesto oficio de catedrático o de investigador, sino ante egos que realmente se perciben como David enfrentados a Goliats del calibre de Trump, Bukele y Bolsonaro. Por ello, Keiko Fujimori debería ser una más del bestiario autoritario.

Esta interpretación simplificada de la realidad puede ser entendida como resultado de una hiperideologización. Algunos integrantes de esta comunidad intelectual-artística fueron socializados y entrenados bajo los cánones de la bipolaridad del siglo XX y ven en el mundo contemporáneo la voracidad del imperialismo de siempre. No hay peor mal para un académico que terminar siendo devorado por sus propios sesgos ideológicos. Una explicación complementaria es la búsqueda de la legitimación cultural en razones morales, como lo sería la denuncia pública del autoritarismo, desde el mismo instante en que es una tentación o apenas un impulso del prototirano. Esto sucede normalmente cuando los intelectuales-artistas no pueden alcanzar el reconocimiento profesional por el valor científico o artístico de su producción, respectivamente, y tienen que convertir sus trabajos en consumo cultural y no académico, que circulan en circuitos seudoacadémicos (consultorías para la cooperación internacional y publicaciones en ‘journals’ sin revisores de pares). Así las ciencias sociales o la literatura son “buenos” porque son “democráticos”, porque “denuncian la tiranía”, “alertan los males”, y no por la rigurosidad para explicar un fenómeno social o la creatividad para reflejarla. Esto tiene como consecuencia, la degradación de la producción cultural. Un ejemplo de ello es como reputadas casas editoras convierten cualquier puñado de párrafos en “libros de feria”. El libro de ciencias sociales transformado en manual de autoayuda, que no sirve para explicar con sustento empírico por qué el fujimorismo es tan resiliente sino para “acompañarte en la derrota” (sic).

Paradójicamente, la conducta de estos “paladines de la democracia” tiene consecuencias nefastas para la democracia. Esta comunidad cultural se ha convertido en un agente polarizador, en la partera de una polarización de la peor especie, aquella incapaz de reconocer en el rival político algún valor democrático. Por ejemplo, la victoria electoral de Fujimori se devalúa en el “análisis” como “legal pero no legítima” (sic) o no aplicable “al territorio nacional”. Así se crea una situación de desconfianza que se transmite hacia las respectivas audiencias, desde las aulas universitarias, los usuarios de social-media, los distraídos lectores. Esta polarización “desde el medio” es digna de estudio, pues es distinta a las versiones “desde arriba” (promovida por las élites políticas o económicas) o “desde abajo” (latente en “antis” en las masas). Es gestada desde “la sociedad civil”, a través del activismo de sus ‘groupies’, de los yaperos de la consciencia social, de ‘followers’ que permiten facturar.

Los intelectuales-artistas saben que constituyen una élite y secretamente se complacen de serlo (aunque no les gusta que se lo hagan notar). De hecho, cuestionan las credenciales democráticas de cualquiera, de manera más o menos efectiva por el status que les da el privilegio. Además, la promoción de la polarización les resulta oportuna porque la llegada de Keiko Fujimori al poder permitirá reactivar el antifujimorismo, aprovechando la ubicación de oposición política y el descontento propio que genera cualquier gobierno. Solo que veremos a una oposición con una vocación para desacreditar al nuevo gobierno en términos no solo políticos, sino también morales. La indignación cautivará a viejos y nuevos caseritos de la producción cultural e interpretará el país bajo este tenor. El segundo fujimorismo tendrá sus propios problemas de frivolidad, ineficiencia y corrupción, en los que caen todos los proyectos políticos en el mundo. Pero solo sabremos la naturaleza del régimen en cómo se procesen esos problemas. En ese momento, podremos hablar realmente de honestidad intelectual.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *