Habermas ante el ocaso del debate público , por Francisco Miró Quesada Westphalen

La reciente muerte de Jürgen Habermas ha reactivado una serie de reflexiones sobre el lugar que ocupa la conversación pública en la sociedad. No se trata únicamente de la desaparición de una de las figuras más influyentes de la filosofía contemporánea, sino también de la oportunidad de volver a preocuparnos por la calidad de la esfera pública y su papel en la legitimación de la vida democrática.

Con frecuencia se asume que la esfera pública es un espacio dado, casi automático, en el que las opiniones circulan y se confrontan de manera espontánea. Sin embargo, esta idea resulta insuficiente. En ese contexto, y a pesar de la intensidad de las intervenciones, aquello que debería constituir su esencia, el diálogo orientado al entendimiento, se encuentra cada vez más desplazado.

Si se retrocede en el tiempo, es posible advertir que este ideal tuvo, en determinados momentos históricos, una expresión más cercana a su formulación teórica. Durante la Ilustración, los espacios de encuentro no se concebían como escenarios de confrontación inmediata, sino como ámbitos de deliberación. Los cafés, salones y círculos intelectuales eran instancias en las que la discusión se estructuraba en torno a la fuerza del argumento y no al peso de quien lo enunciaba.

Desde luego, este modelo no estuvo exento de límites, sobre todo en términos de inclusión social. Sin embargo, establecía una aspiración relevante, la de una ciudadanía que no se limita a reaccionar frente a los acontecimientos, sino que participa en la construcción de lo común por medio del intercambio argumentado.

A la luz de este contraste, la situación actual adquiere un carácter particularmente revelador. Los debates políticos parecen inscribirse en una lógica distinta, en la que la racionalidad comunicativa cede terreno frente a formas de intervención orientadas al impacto inmediato. Las intervenciones se diseñan en función de su eficacia comunicativa más que de su solidez argumentativa, mientras que la réplica tiende a convertirse en un mecanismo de desarticulación del adversario, antes que en una instancia de contraste de ideas.

En estas condiciones, la esfera pública no desaparece, pero sí experimenta una transformación significativa. Aunque la circulación de opiniones se intensifica, la calidad deliberativa del intercambio se debilita. La conversación persiste, pero pierde densidad argumentativa, ya que la participación se amplía, pero no necesariamente se profundiza.

Por ello, más que preguntarse si la esfera pública es buena o mala, convendría reconocer que su calidad depende de las condiciones bajo las cuales se produce, puesto que puede degradarse cuando la lógica del espectáculo, la simplificación o la instrumentalización del discurso desplazan las exigencias propias del debate racional.

No deja de ser pertinente observar algunos episodios recientes de nuestra propia coyuntura. Los debates presidenciales, por ejemplo, pueden leerse a la luz de las preocupaciones que atravesaron la obra de Habermas, pues evidencian una forma de interacción pública en la que el intercambio argumentativo cede con frecuencia ante la confrontación estratégica. Más que juzgar aisladamente el desempeño de sus participantes, acaso lo importante sea preguntarnos qué tipo de esfera pública hace posible esos intercambios y qué hemos dejado erosionar para que debatir signifique cada vez menos comprender y cada vez más imponerse. Volver sobre Habermas, entonces, no sería un gesto de nostalgia intelectual, sino una manera de recordar que la democracia no se sostiene solo en la libertad de hablar, sino también en la capacidad colectiva de escucharse, razonar y construir un camino hacia el bien común.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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