Guerra con Irán, de nuevo, por Ian Vásquez

Por unas breves semanas en junio, Estados Unidos celebró un acuerdo que pretendía terminar con la guerra que inició contra Irán a fines de febrero. El presidente Trump lo festejó como uno de los grandes logros de su gobierno.

El alto al fuego no duró mucho. Empezó a colapsar a principios de julio y el conflicto se ha intensificado en las últimas dos semanas. Ambos países están bombardeando infraestructura. Irán mató a dos miembros de las fuerzas armadas estadounidenses en un ataque a una base militar de Estados Unidos en Jordania, por ejemplo. Cada noche, hasta este domingo, Estados Unidos ha bombardeado objetivos iraníes que incluyen puertos e infraestructura energética.

El acuerdo entre los dos países siempre fue frágil. No fue diseñado para resolver problemas de fondo, sino para comprar tiempo, lo cual puede ser un objetivo legítimo. Pero, dada la realidad del campo de batalla y el lenguaje vago del acuerdo, ese tiempo se acortó.

Nunca fue realista que un ataque aéreo militar pudiera poner fin fácilmente al régimen autoritario y al programa nuclear iraní. La guerra ha debilitado a las fuerzas armadas iraníes, pero la dictadura teocrática mantiene muchos misiles —el 70% de los que tenía antes de la guerra— y tecnología avanzada para amenazar y atacar objetivos en el estrecho de Ormuz y la región, lo cual está haciendo.

El relato de que la lluvia de misiles y drones que lanzó Irán a principios de la guerra desgastó sus reservas simplemente no fue cierto. De hecho, esa lluvia hizo que Estados Unidos redujera de manera considerable la cantidad de interceptores que tiene, lo cual lo pone hoy en desventaja. Peor aún, la guerra y el acuerdo efímero reconocieron, por lo menos de manera implícita y por primera vez, la habilidad de Irán para controlar el estrecho de Ormuz y la ventaja estratégica de usar ese poder.

Tampoco fue realista pensar que Estados Unidos estaba dispuesto a una invasión a gran escala de Irán. Eso es lo que se requeriría para eliminar la amenaza de los misiles iraníes. El costo económico, político y en términos de vidas sería simplemente muy alto para Estados Unidos, y es algo que Trump siempre quiso evitar.

A estas alturas, continuar con los ataques bélicos está produciendo rendimientos decrecientes para Estados Unidos. La guerra se está intensificando, pero no está claro cómo Estados Unidos puede lograr una ventaja. Esta guerra está lejos de ser lo que Trump prometió en un principio: la de un vencedor que impone su voluntad a un enemigo derrotado.

Al contrario, una de las razones por las que se negoció un acuerdo con Irán en junio fue precisamente reabrir el estrecho de Ormuz al comercio internacional y así reducir el daño económico mundial que estaba causando. Dejando de lado que ese problema lo causó la misma guerra que inició Trump, una de las cosas más llamativas de lo que fue la mayor interrupción del suministro de petróleo en la historia, según la Agencia Internacional de la Energía, es que tal interrupción no fue económicamente catastrófica.

En esa primera fase de la guerra, los precios del petróleo no llegaron a 150 o 200 dólares por barril. No fue así porque los mercados se mostraron resilientes: se redujeron las reservas privadas y públicas de petróleo, se redujo la demanda y se incrementó la oferta por otros lados. Además, se prometió la paz.

Hoy estamos en otra fase en la que Irán tiene casi cerrado el estrecho de Ormuz, sus aliados los hutíes están cerrando el mar Rojo a la exportación de petróleo saudí, y Estados Unidos no tiene buenas opciones. Esta vez, el costo económico puede ser mayor. Es probable que la situación empeore antes de llegar a un nuevo statu quo.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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