En el Perú, ganar la presidencia rara vez ha significado fortalecer al partido que la conquista. Más bien, en las últimas dos décadas, llegar al gobierno suele marcar el inicio de su desgaste. El reciente caso de Perú Libre en las elecciones del 2026 lo confirma una vez más: el partido que llevó a Pedro Castillo a la presidencia en el 2021 ha quedado fuera del nuevo Congreso bicameral, sin representación parlamentaria.
En el Perú, ganar la presidencia rara vez ha significado fortalecer al partido que la conquista. Más bien, en las últimas dos décadas, llegar al gobierno suele marcar el inicio de su desgaste. El reciente caso de Perú Libre en las elecciones del 2026 lo confirma una vez más: el partido que llevó a Pedro Castillo a la presidencia en el 2021 ha quedado fuera del nuevo Congreso bicameral, sin representación parlamentaria.
No se trata de un episodio aislado. Perú Posible perdió vigencia tras el gobierno de Alejandro Toledo; el Partido Aprista Peruano dejó de ser una fuerza parlamentaria decisiva después del segundo mandato de Alan García; el Partido Nacionalista no sobrevivió políticamente al ciclo de Ollanta Humala; Peruanos por el Kambio se desintegró tras la renuncia de Pedro Pablo Kuczynski. Ahora Perú Libre repite esta peculiar tendencia que no es ajena a agrupaciones nuevas y viejas.
Una explicación central de este patrón está en la desconexión entre el partido y la bancada parlamentaria, un problema persistente en la política peruana. En sistemas partidarios consolidados, la bancada funciona como prolongación orgánica de la agrupación y actúa con disciplina política. En el Perú, en cambio, esa relación se rompe con facilidad una vez que el partido llega al poder.
El desgaste acelerado de la figura presidencial influye decisivamente en este proceso. Cuando cae la popularidad del presidente –o del líder que articula al partido– se debilita también la cohesión interna. Los congresistas comienzan a tomar distancia para proteger su propia supervivencia política: renuncian, migran a otras bancadas, forman nuevos bloques o actúan con autonomía frente a la dirigencia partidaria. Así, las bancadas oficialistas se fragmentan y el partido pierde capacidad de conducción.
Perú Libre vivió ese proceso con claridad, pero no fue el único. También ocurrió con el nacionalismo y con PPK: organizaciones que llegaron al gobierno con expectativas de consolidación y terminaron erosionadas por divisiones internas y fuga de cuadros.
El resultado es paradójico: ganar una elección presidencial deja de ser un activo duradero para el partido. El acceso al poder no fortalece su vigencia, sino que muchas veces acelera su deterioro. Esto afecta directamente la representación política porque impide la consolidación de partidos estables, fomenta el transfuguismo y debilita la formación de una clase política con continuidad. Mientras esa lógica persista, nuestro destino como país parece estar marcado por lo efímero. Allí está el reto para lo que viene.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.













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