Para los 83 años que lleva a cuestas, el presidente José Balcázar tiene una energía envidiable. La semana pasada incurrió en un desaguisado de proporciones a propósito de la compra de los F-16, y nada más empezar esta, ya estaba enredado en un papelón igual de patético. Nos referimos, por supuesto, a la tesis que esbozó durante su discurso por el 138 aniversario de la Cámara de Comercio de Lima sobre las razones que provocaron la Segunda Guerra Mundial. “Alemania fue empujada a una guerra también por culpa, en parte, de los judíos, porque controlaban todos los bancos, todo el comercio y hacían usura”, aseveró con ese aire doctoral que adopta cuando quiere pegarla de hombre del renacimiento. Y tuvo, además, el morro de señalar como fuente de semejante brulote a Antonio Escohotado, pensador español que en su obra “Los enemigos del comercio” no ataca sino más bien ensalza la referida actividad económica. Balcázar nunca leyó a Escohotado o, si lo leyó, no lo entendió. Para todo efecto práctico, es lo mismo.
Lo cierto es que, a las horas, la comunidad judía peruana y las embajadas de Israel y Alemania le recordaron que la guerra empezó con la invasión alevosa de los nazis a Polonia y que el pueblo hebreo fue víctima y no azuzador del horror que Hitler (austriaco de nacimiento, pero nacionalizado alemán) y sus huestes desataron en Europa. Le demandaron adicionalmente retractación y disculpas. Una aspiración que probó ser peregrina. En su altanería boba, Balcázar solo hizo publicar un comunicado del Despacho Presidencial en el que se decía que lamentaba que sus declaraciones hubiesen “generado una percepción equívoca”… Quien se había equivocado, pues, no había sido él, sino ese pobre decodificador de mensajes que anida en el alma de cada peruano. Y, de yapa, parte del cuerpo diplomático acreditado en el país.
—Die tüdelige Brigade—
Al día siguiente, además, volvió sobre el tema como para demostrar que no lo ponía nervioso y proclamó: “¿Quién podía imaginar que a Hitler lo eligen unánimemente la gente en Alemania y haría lo que terminó haciendo?”. Una sentencia en la que la incompetencia gramatical disputa primacías con la ignorancia histórica. A Hitler no lo eligió nadie y menos de manera unánime (perdió en el ‘32 las elecciones presidenciales frente a Hindenburg, alcanzando un 37.3 % de los votos, mientras su rival obtuvo el 53%). E imaginar lo que haría al llegar al poder era fácil. Basta con darle una hojeada a “Mein Kampf”, el delirante panfleto que el “Führer” escribió nueve años antes de que Hindenburg cometiera la torpeza de nombrarlo canciller.
La tentación de echarle la culpa de tanto desatino a la banda embrujada es grande. Pero la verdad es que no se puede descartar la intervención de algún problema cognitivo asociado al calendario. No sería, de hecho, el primer tocadito de nuestra escena política que prorrumpe en exaltaciones del régimen nazi o le dispensa indulgencias. Todos recordamos a su compañero de promoción, el ex premier Aníbal Torres, y las loas que le lanzó cuatro años atrás a Hitler por, supuestamente, haber convertido a Alemania “en la primera potencia del mundo”. Los diagnósticos que circularon entonces por las redes adquieren hoy, claro, un nuevo vigor. Y conviene no olvidar en esta enumeración de nostalgias del Tercer Reich a Antauro Humala, no tan entrado en años como los ya mencionados personajes, pero majareta por derecho propio y cultor de un racismo que sospecha de los individuos de origen “judeo francés”. Bien podrían ellos tres conformar una de esas brigadas de altisonante denominación germánica que, como la Göring o la Brandenburger, brindaron antaño rendidos servicios a la causa nazi. Algunos nombres vienen a la mente.












Deja una respuesta