En la sociedad del desconocimiento, por Carmen McEvoy

La democracia, tal como se la ha conocido hasta la fecha, requiere de un saber medianamente experto, además del debate basado en evidencias. Sin embargo, en los últimos tiempos, señala el número especial de Letras Libres dedicado específicamente a la “cultura del desconocimiento”, la tendencia a erosionar la autoridad de los especialistas y de la ciencia misma se ha extendido. Lo que queda claro es que “la legitimidad del saber está en disputa” y, en ese contexto, “la universidad de la vida”, a la que aludió con entusiasmo un senador electo, expresa el desprecio hacia la “pesada” cultura libresca. Lo que señalo específicamente es ese espacio bastante nebuloso donde ya nada se puede medir.

En el contexto de devaluación de un conocimiento tangible, Michael Kovac muestra también su preocupación frente al desprecio por el saber humano acumulado, a lo largo de los siglos, en los textos que generaciones previas generosamente nos regalaron. Desde su cátedra sobre los Estudios del Libro en Eslovenia, Kovac ejerce la defensa de la lectura de libros complejos, ya que de ese desafío depende el desarrollo del pensamiento crítico en una sociedad que, como la nuestra, se encuentra dominada por la tecnología y el consumo de contenido superfluo. Leer y analizar frases largas ayuda, de acuerdo con el catedrático europeo, a enfrentar la simplificación del mundo binario en el cual estamos atrapados. Más aún, para Kovac la lectura razonada colabora en combatir la creciente “estupidez humana” promovida por las redes y las peleas que ellas generan; en ese sentido, la lectura se convierte en un gimnasio para el cerebro de personas expuestas a la digitalización compulsiva e, incluso, a la violencia simbólica. La conclusión más importante de Kovac es que los libros nos entrenan en la paciencia y la pantalla en el cambio constante. Ambas son parte de la vida; la propuesta es combinar la inteligencia de la máquina y la sabiduría humana, si es que aún nos queda algo de ella.

En un lugar como el Perú, donde siete de cada 10 estudiantes no entienden adecuadamente lo que leen, estamos expuestos a los peligros de las nuevas tecnologías a los que se refiere con preocupación Kovac. Profesores universitarios de todo el mundo vienen señalando que la IA está destruyendo el proceso cognitivo y que, si no se toman las medidas del caso, muy pronto tendremos una fuerza de trabajo iletrada. El uso indiscriminado del ChatGPT consume el tiempo de estudiantes que recurren a atajos que impiden el complejo proceso cerebral que ocurre cuando nos enfrascamos en algún tipo de investigación; proceso que, en el caso de los historiadores, permite entender, de manera personal pero también colectiva, nuestro pasado.

Las miradas ahistóricas prevalecen en el Perú debido a una coyuntura indomable. En un fascinante trabajo sobre el tema, Zadie Smith reclama una mirada telescópica del tiempo, apostando por una larga duración que puede ayudar a descubrir los nexos profundos entre el pasado, el presente y el futuro. Solo de esa manera es posible propiciar una mirada ética de un proceso histórico que, aunque complejo, muestra un horizonte donde destacan la justicia, la igualdad y una serie de logros que dotan de trascendencia a nuestro breve paso por la vida. El acto de separar causas y efectos, y de distinguir los medios de los fines, ayuda, de acuerdo con Ursula Le Guin, a plantear temas de responsabilidad tanto individual como colectiva. Incumplir una promesa es negar la realidad del pasado en el momento en que ocurrió y, en consecuencia, destruir la esperanza de un otro defraudado.

Esta campaña electoral ha sacado lo peor de nosotros y es bueno que así sea para conocernos mejor. Los apetitos incontrolables, que derivan en el eterno cruce entre lo público y lo privado para seguir desfalcando al Estado, muestran que el problema del Perú no es meramente socioeconómico. La amoralidad reinante, fruto del desconocimiento de valores fundamentales, dota a la rueda del eterno retorno de una desbordante energía. Frente a la repetición de viejos patrones de conducta, la ética demanda un diálogo con quienes nos antecedieron; ahí descubriremos una serie de valores, entre ellos la verdad y el coraje, que permitieron remontar situaciones a veces peores que esta que tanto nos aflige.

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