En el último año, varios países –incluido el Perú– han planteado restringir el uso de celulares en las escuelas, así como prohibir o limitar el uso de las redes sociales por los menores de 16 años. El debate suele centrarse en si prohibir o no, pero esa no es la pregunta de fondo.
La evidencia es clara: el uso intensivo de pantallas, especialmente desde el celular, está modificando hábitos, tiempos y formas de relacionarnos. Niños pequeños que superan las dos horas diarias frente a una pantalla. Adolescentes que pueden llegar a siete u ocho horas. Si sumamos ese tiempo a lo largo del año, pasan más horas conectados al móvil que en el aula. Entonces vale preguntarse: ¿qué están aprendiendo ahí? ¿Y qué están dejando de aprender?
El consumo excesivo de contenidos digitales estimula áreas del cerebro vinculadas a la recompensa inmediata. Esto afecta el sueño, la autorregulación y el control de impulsos. Las principales asociaciones de pediatría del mundo lo han advertido. No se trata de demonizar la tecnología, sino de reconocer que el exceso tiene consecuencias.
Entonces, si restringimos el uso en la escuela para proteger la salud y el aprendizaje, debemos hacernos otra pregunta clave: ¿qué ofrecemos a cambio? Más juego libre. Más lectura. Más conversación. Más tiempo compartido sin interrupciones. Espacios seguros para explorar intereses fuera de la pantalla.
La regulación no puede recaer solo en los adolescentes. Si a muchos adultos nos cuesta controlar el tiempo frente al celular, pedirles que lo hagan solos no es realista. El cambio debe ser colectivo: acuerdos entre familias, normas claras en el aula, menos chats innecesarios y más mediación parental.
Podemos empezar por algo simple. Este fin de semana, propongamos una comida sin celulares. Una conversación larga. Un paseo sin notificaciones. La transformación no comienza con una ley. Comienza en casa.
La preocupación es legítima: ansiedad, sueño alterado, contenidos nocivos, acoso. Pero convertir esa inquietud en una prohibición general suele ser el tipo de solución que tranquiliza a los adultos sin resolver el problema de fondo.
Prohibir es tentador porque suena definitivo, pero rara vez lo ha sido. La prohibición, por sí sola, rara vez cambia el hábito. Si se restringe el acceso en un espacio, el uso tiende a desplazarse a otro: la casa, la calle, cuentas alternas, dispositivos secundarios. En realidad, se reduce la visibilidad del problema, no necesariamente su magnitud o impacto. Prohibir sin enseñar crea una brecha nueva: no entre ‘conectados’ y ‘desconectados’, sino entre quienes desarrollan criterio y autocontrol y quienes solo aprenden a esquivar reglas. Ese es el problema de fondo: la brecha de agencia.
¿Regulación? Totalmente, pero con gradualidad y consenso. La pregunta no es solo a qué edad, sino con qué capacidades se puede acceder a las redes. Un enfoque útil es el de equilibrar en vez de eliminar: redes y pantallas como parte de una rutina que convive con sueño, actividad física, estudio y vínculos cara a cara. El objetivo no es cero pantallas: es una vida que no gire alrededor de ellas.
La escuela no puede sola con esto. Hace falta un pacto multiactor: familias con acuerdos claros (horarios, espacios sin teléfono, presencia), aulas con normas de convivencia y educación mediática, Estado con promoción y transparencia, y plataformas con mecanismos de denuncias rápidas y eficaces. Además, foco donde importa: no todos los adolescentes están en el mismo riesgo; las políticas inteligentes diferencian y priorizan a los más vulnerables.
Prohibir puede ganar aplausos rápidos. Construir agencia y autorregulación es más lento y difícil, pero es lo único que protege a los adolescentes de manera sostenible.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.













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