El voto antisistema también se hará presente. Ha sido una campaña donde el voto de derecha ganará visibilidad, pero no nos engañemos: el voto antisistema nunca había perdido protagonismo. El voto antisistema no desapareció, sino que ha esperado agazapado para irrumpir con estrépito sobre las postrimerías y pegarle un susto al establishment. Otra vez. Es un voto sin ningún encanto con nadie en especial, y con un encono por muchos en particular; no tiene filiación, es de izquierda, centro y derecha, pero siempre prefiere saltar al vacío antes que comer platos de la oferta política hegemónica. Puede no liderar las encuestas, pero siempre está disponible para aquel que desee consumirlo. Y, en el tramo final, vuelve a ser protagonista.
Se transforma en cada elección. Cambia de vehículo, de tono, quizá un poco de geografía. Esta vez lo hizo a través de figuras muy distintas: Belmont, Álvarez y Sánchez. No representan lo mismo, pero dicen, desde lugares distintos, que el ciudadano ve el abismo y está dispuesto a arrojarse sobre él.
Belmont fue el primer ‘outsider’, pero también es un ‘insider’ jubilado que, afianzado sobre sus leales bases espartanas, viene desarrollando un capital político de ruptura con el establishment desde hace muchos años. No representa la ruptura convencional, sino la ruptura con la forma convencional de hacer política; su manera de construir militancia fue caminar por fuera de los canales institucionales, de manera directa, afectiva. No hay nada nuevo en Belmont como personaje, solo la constante aparición del mito del eterno retorno sobre el mesías caudillista que promete la salvación del sistema opresor.
Álvarez construyó su carrera ridiculizando a los políticos. Hoy compite con ellos. No es solo irónico que aspire a jubilarlos. En medio de una campaña donde el ciudadano estaba tan desconectado, alguien que arranque unas risas es preferible porque para hacernos llorar ya hay muchos. Sánchez introduce una tercera variante, menos visible en Lima, pero decisiva en el mundo rural y más pobre de nuestras regiones: la representación simbólica. El capital de Castillo le permitió crecer porque hay mucha gente cuyo voto fue despreciado por el establishment y que decidió adherirse para reivindicar su convicción. Su voto es una protesta contra la distancia y el ninguneo de un establishment que decidió ignorarlo.
Así, hay uno que desconfía desde dentro, pero se refugia en figuras que siempre estuvieron en los márgenes; hay otro que castiga desde fuera, buscando a alguien que nunca haya estado en la política y entretenga; y otro que se organiza desde el territorio. Por eso el error sería pensar que el voto antisistema es un accidente del proceso. Es parte estructural. Aparece cuando la elección deja de ser una disputa de proyectos y se convierte en una administración de rechazos y antipatías.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.
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