La ruta castillista no es para todos. Roberto Sánchez lo ha dejado claro en este segundo tramo de la campaña electoral.
Cuando la convocatoria falla y hay poca gente reunida, el candidato de Juntos por el Perú no duda en tomar un atajo y cambiar de planes. Poco le importan las horas que sus simpatizantes han perdido esperándolo. Al heredero del sombrero le da igual hacerles un desplante. El mensaje que envía es inequívoco: desinterés, improvisación y falta de respeto.
Este viernes, Chincha quedó fuera de su ruta. Desde temprano, decenas de seguidores lo esperaban con expectativa, pero este nunca apareció. Él mismo había anunciado en sus redes sociales que estaría en esa ciudad. Los desilusionados simpatizantes tuvieron que conformarse con el premio consuelo de un discurso de Iber Maraví. Aunque un dirigente local justificó la ausencia por una supuesta reunión con la Conferencia Episcopal, lo cierto es que el candidato prefirió quedarse en Lima para participar en un conversatorio sobre el puerto de Chancay.
No es la primera vez que Sánchez deja plantados a sus seguidores. Anteriormente canceló actividades en Huaura y Ventanilla, también por el mismo motivo: la escasa convocatoria. El esfuerzo, tiempo, recursos y expectativas de sus militantes poco parecen importarle.
A estas alturas de la campaña, sorprende que haya gente que finja no darse cuenta quién es Sánchez o que pase por agua tibia su pasado. Que crean que porque ha escondido en el clóset a su aliado más radical, ya se ha deshecho de él. Que confíen en que haciéndolo firmar una declaración de principios dejará de ser Roberto Sánchez.
Un político que no respeta a quienes lo apoyan difícilmente respetará después a los ciudadanos a los que gobierna. Y mucho menos honrará las promesas y compromisos que realice en campaña. Lo que ha quedado claro esta semana es que, si llega al poder, lo primero que hará será deshacerse del sombrero que utilizó como disfraz, pero que ya parece incomodarle.
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