No obstante lo que suceda el 12 de abril, día de las elecciones presidenciales, de alguna u otra manera si algo queda claro es que el mundo popular y emergente es el que decidirá quién gane o pierda o si –como todo lleva a pensar– habrá una segunda vuelta. Esta columna no trata sobre la interpretación de los resultados de las diversas encuestas presidenciales ya publicadas –que no son sino fotos del momento– y que, valgan verdades, hay varios especialistas dedicados a ello. Esta columna trata de aproximarse a la conducta política/electoral de la nueva sociología nacional, ese mundo ancho y ajeno de clases medias emergentes y populares que decidirán el próximo domingo.
Antes de continuar, vale decir lo siguiente. En las últimas décadas, debido a las reformas de apertura de la economía y al impulso del libre mercado (el ‘albertismo’ de la primera hora, para ser justos), en el Perú emergió una clase media potente, de origen provinciano, con voto y propiedad y con un pie en la informalidad (y algunas veces en la ilegalidad). Estas clases medias emergentes y populares se extendieron en los mal llamados conos, a los que hoy –con justicia– se les denomina “las Limas” (y así sucede en las regiones). Es cierto que la pandemia del COVID-19 (y sobre todo la gestión de los gobiernos respectivos) ralentizó el crecimiento de la economía y debilitó a esta clase media emergente; sin embargo, a pesar del golpe, aún mantiene su fuerza debido a su enorme informalidad (la cual es difícil calcular).
Así, el gran drama de la gobernabilidad nacional no solo es el uso (o abuso) del poder político por parte del Congreso o el Ejecutivo, la guerra de religiones de los ‘antis’ o la compleja arquitectura para lograr pactos políticos de largo aliento; sino, sobre todo, que este mundo popular y emergente no tiene una clara representación en la política nacional de hoy. Es decir, los partidos –realmente existentes– aún no han logrado representar políticamente a este mundo emergente y popular, a sus instituciones, a su cultura, a sus demandas y a sus aspiraciones. El gran drama de hoy es que la política no se encuentra con la nueva sociología nacional. Allí está el problema –digamos– sociológico/político de la nación en marcha.
Las elecciones presidenciales son el mejor termómetro de toda la aproximación anterior. Si uno observa bien, no hay proyectos políticos sostenibles sin el apoyo electoral del mundo popular y emergente. El ‘albertismo’ de la primera hora, como el propio ‘castillismo’ del 2021 (que ganó en los sectores D y, sobre todo, E) son prueba de lo que sostengo. Y si uno ve más atrás, el aprismo fue el primer partido que representó durante décadas al mundo emergente luego de la mal llamada República Aristocrática, pero esa paleontología política es harina de otro costal.
Ahora bien, ¿qué hay allí donde hablamos de mundo popular y emergente? Hay instituciones, hay familia, sentido del orden, mercado (mercantilismo también) y capitalismo (salvaje, muy salvaje). Hay tradiciones también, hay comunitarismo y no comunismo. Miren Huancayo, Puno, regiones inentendibles sin la familia, el mercado o la propiedad. Hay –como decíamos arriba, instituciones populares–, si cabe la palabra, un conservadurismo, pero sociológico. En la visión de una parte del marxismo se dice que hay una “izquierda popular” –sucede igual con lo de “derecha popular”– cuando lo que hay es un conservadurismo no ideológico, no político, sino sociológico.
Ese mundo popular y emergente, con sus instituciones populares, esa nueva sociedad sin representación política nítida, está hoy en disputa electoral en el marco de la campaña presidencial. Hoy la demanda principal es la seguridad, el orden y la certidumbre frente a un país desorganizado. Quizá en el fondo la demanda es por un proyecto de modernidad nacional-estatal, pero sin decirlo de esa manera.
Pero el principal desafío de los partidos existentes no es solo ganar las elecciones presidenciales con el apoyo de ese mundo popular y emergente, sino de representar en el futuro mediato. Ese es el reto para la gobernabilidad.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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