El Árbol Milenario, un gigantesco y muy antiguo espécimen de algarrobo (Neltuma pallida) que supera los 400 a 500 años de edad, se ha convertido en el símbolo máximo de la conservación y la resistencia del bosque seco. Crédito: Ph. D. Gisella Orjeda
En los bosques secos del norte del Perú hay árboles de algarrobo que parecen apagarse lentamente. Primero sus hojas amarillean, después llegan los insectos y, finalmente, las ramas quedan casi desnudas hasta que el árbol termina muriendo. Durante años, los científicos sospecharon que existía un enemigo microscópico trabajando desde el interior del árbol. Un nuevo estudio acaba de poner esa idea en duda.
Un equipo de investigadores de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos viajó al Santuario Histórico Bosque de Pómac, en Lambayeque, para investigar qué ocurre dentro de los algarrobos enfermos. El trabajo fue publicado en la revista Microbial Ecology.
Los científicos analizaron árboles sanos, árboles con síntomas iniciales y ejemplares gravemente afectados. También estudiaron las larvas de Enallodiplosis discordis, una pequeña mosca considerada hoy la principal plaga del algarrobo en el Perú. Sus larvas se adhieren a las hojas, las debilitan y provocan que el árbol pierda gran parte de su follaje.
Para descubrir si las bacterias tenían un papel oculto en este proceso, el equipo extrajo ADN de ramas y larvas. Después utilizó secuenciación genética, una técnica que funciona como leer el código de barras de todos los microorganismos presentes en una muestra. Así pudieron construir un inventario de las bacterias que viven tanto dentro del árbol como en el insecto.
Resultado inesperado
Las ramas de los algarrobos, incluso las de los árboles más enfermos, mostraron muy poca diversidad bacteriana. Además, gran parte del ADN detectado pertenecía al propio árbol, especialmente a sus cloroplastos, unas estructuras encargadas de la fotosíntesis que pueden confundirse con bacterias porque comparten un antiguo origen evolutivo. Es como intentar escuchar una conversación en un estadio lleno: la voz del público termina ocultando casi todo lo demás.
Las larvas, en cambio, albergaban una comunidad mucho más diversa de microorganismos. Algunas bacterias aparecían tanto en el insecto como en el árbol, pero eran escasas y no seguían un patrón que permitiera señalar a una especie como responsable del deterioro del algarrobo.
“Nuestros resultados no respaldan la hipótesis de que Enallodiplosis discordis transporte bacterias patógenas que provoquen una infección sistémica en el algarrobo”, concluyen los autores. En cambio, plantean que el problema podría concentrarse únicamente en las hojas o involucrar otros microorganismos, como hongos o virus, que todavía no han sido estudiados con suficiente detalle.
Descartar una hipótesis
La investigación fue liderada por la Dra. Gisella Orjeda, Rodrigo Suárez-Silva, Manuel Saucedo-Bazalar, Manuel Ramírez Saenz, Renato La Torre Ramírez y Esteban Caycho. Además, contó con el apoyo del equipo de guardaparques del Bosque de Pómac. Para los investigadores, este trabajo representa un primer mapa del microbioma asociado al algarrobo y a su principal plaga, además de una guía para futuras investigaciones.
Este hallazgo es importante porque el algarrobo es una de las especies más valiosas de los bosques secos del norte peruano. Estos árboles ayudan a conservar el suelo, ofrecen refugio a numerosas especies y sostienen actividades económicas ligadas a sus frutos y a sus productos forestales. Sin embargo, se están muriendo: su población disminuye desde hace años debido al cambio de uso del suelo, la tala ilegal y el aumento de plagas y enfermedades.
Además, descartar una hipótesis también es un avance científico. En este caso, saber que las bacterias del interior del tronco probablemente no son las responsables del problema permite enfocar los esfuerzos en nuevas pistas. “Por eso, la investigación abre nuevas preguntas y ayuda en los nuevos trabajos que ya se vienen realizando”, añadió Orjeda.
Los próximos estudios buscarán determinar si los verdaderos culpables son hongos, virus u otros microorganismos invisibles que todavía permanecen escondidos entre las hojas del bosque de Pómac.











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