La economía peruana creció 3,2% en marzo con respecto al mismo mes del año pasado. Ha sido una grata sorpresa porque se esperaba que la rotura o deflagración que paralizó el transporte de gas por el gasoducto de Camisea durante 13 días afectara la producción industrial y otras actividades, restando, aunque sea, unas décimas al crecimiento. Grata, sin duda, ha sido la noticia, pero no debería ser una sorpresa para quienes entiendan y, sobre todo, confíen en el funcionamiento del mercado.
El cierre del gasoducto causó una caída de 39%, casi proporcional a su duración, en la producción de gas natural. Obviamente, no tiene sentido sacar el gas de la tierra si no hay cómo llevarlo a las centrales eléctricas que lo utilizan como combustible o a las plantas donde se envasa para consumo doméstico. El impacto fue diferente para diferentes usuarios. La prioridad que se le dio al transporte público hizo que la producción de gas natural vehicular cayera solamente 27%, mientras que el suministro a los generadores eléctricos cayó 56%.
La producción de electricidad, sin embargo, subió más de 2%. La caída en la generación de energía con gas natural fue más que compensada por el aumento en la producción de las centrales solares. La alarma de tantos comentaristas por el hecho de que el país dependa, supuestamente, de un solo gasoducto ignora que el propio sistema eléctrico tiene la flexibilidad necesaria para superar una interrupción del suministro de gas o de cualquier otro combustible, poniendo a trabajar a otros tipos de centrales. Puede haber un solo ducto de gas, pero hay suficientes líneas de transmisión para llevar energía de distintos orígenes a cada destino. En eso consiste un sistema interconectado.
Es verdad que, mientras el ducto estuvo cerrado, el precio de la energía eléctrica en el mercado mayorista –el costo marginal, como se le llama– subió de US$150 a US$900 por megavatio-hora, comparando con los mismos días y horas del 2025. Pero esa es justamente la función de los precios en un mercado: dar la señal para que nuevas fuentes de suministro se activen cuando otras se desactivan. No es una solución sin un costo para el país, pero es la solución menos costosa; y es menos costosa, ciertamente, que dejar el problema sin solución.
La moraleja de esta historia es que no hay necesidad de invocar a las autoridades para que “hagan algo” cada vez que un suceso inesperado amenaza a algún sector de la producción. Generalmente el mercado es capaz de hacerlo por sí solo.
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