*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.
Hay una paradoja que pocos advierten: cuando una economía crece, aumentan las oportunidades, pero también las dificultades para destacar. Y eso porque cambian los criterios con los que se mide a quienes quieren aprovecharlas. Ante las expectativas de crecimiento del Perú, confiamos en que aumenten la inversión y los buenos empleos. Ojalá así sea. Pero no confundamos un mercado más dinámico con uno menos exigente.
En los ciclos de crecimiento, las empresas aceleran sus decisiones. Crean negocios, incorporan tecnología y redefinen los perfiles que necesitan. Las compañías líderes atraen ejecutivos y especialistas extranjeros; otros llegan por iniciativa propia, convocados por las oportunidades. El crecimiento no solo crea puestos: atrae talento e importa nuevos estándares.
Esa llegada enriquecerá y dinamizará nuestro mercado. Nos permitirá aprender otras maneras de hacer las cosas y contrastar nuestras prácticas con experiencias globales. Pero también elevará la competencia por las mejores oportunidades. La competencia de los próximos años no será entre peruanos y extranjeros. Será entre quienes trabajan con estándares globales y quienes no advierten que la manera de evaluarnos ya cambió.
La inteligencia artificial también está elevando los umbrales de desempaño: convierte resultados que ayer parecían extraordinarios en el nuevo mínimo esperado. Saber usarla es indispensable, pero no basta para diferenciarnos. El valor estará cada vez más en formular mejores preguntas, ejercer criterio, reconocer qué no debemos delegarle y convertir la tecnología en decisiones y resultados superiores.
Por eso, nuestro perfil profesional no puede ser solo la historia de lo que hemos hecho. Debe ser la promesa creíble de lo que seremos capaces de aportar mañana. Esa promesa se sostiene en nuestros conocimientos y experiencias, pero también en la reputación, la capacidad de aprender, la apertura al cambio y la confianza que generamos.
Ser dueños de la evolución de nuestro perfil exige mirar más allá del puesto actual. La pregunta ya no es solamente qué tan bien hacemos hoy nuestro trabajo, sino si estamos desarrollando las capacidades que necesitaremos para estar a la altura del siguiente desafío que será más retador. Y si aquello que nos hizo exitosos seguirá siendo suficiente cuando cambien los problemas, las herramientas y las personas con quienes competimos.
Durante años llamé a esto nivel de empleabilidad. Hoy prefiero verlo como la consecuencia natural de algo más profundo: desarrollar deliberadamente un perfil profesional relevante y valioso. No trabajamos para ser empleables. Somos empleables porque nunca dejamos de aprender, evolucionar y renovar lo que somos capaces de ofrecer y aportar.
No esperemos una crisis para reaccionar, adelantémonos desde ya. Precisamente cuando todo parece ir bien debemos invertir más en nosotros mismos. Nuestro perfil profesional no se deteriora cuando perdemos un empleo; se deteriora cuando dejamos de evolucionar. Las mejoras que se esperan elevarán –ojalá– el techo de las oportunidades, pero también el piso de la exigencia.












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