El liderazgo femenino ya no es una promesa ni una excepción: es una realidad visible en el mundo profesional y los ránkings lo confirman. Pero, en el Perú, ese avance convive con una verdad incómoda: para la mayoría de mujeres, llegar a posiciones de liderazgo y sostenerse en ellas aún implica un costo personal y familiar desproporcionado.
Ese es, en el fondo, uno de los grandes temas que el país todavía evita discutir con seriedad. Porque cuando se habla de meritocracia, competitividad o productividad, rara vez se reconoce que miles de mujeres avanzan en condiciones mucho más exigentes que las de sus pares hombres. Para la mayoría, liderar significa sostener un equilibrio precario entre las demandas del trabajo y las responsabilidades familiares, que continúan siendo impostergables. Y aunque la mujer peruana ha demostrado capacidad, resiliencia y excelencia en escenarios altamente competitivos, mantener ese balance todavía exige actos cotidianos de heroísmo o empuja a una disyuntiva injusta: carrera o familia.
Pero no tendría por qué ser así. Un país que se toma en serio el desarrollo no puede seguir descansando en el sacrificio silencioso de sus mujeres. El mundo laboral debe ofrecer condiciones que hagan posible una integración más saludable entre la vida profesional y la personal.
No se trata de una ilusión. Hay antecedentes concretos. Hace 52 años, en 1974, Suecia reemplazó el permiso maternal exclusivamente femenino por una licencia para padres y madres. Fue el primer país en institucionalizar una política de reparto más equilibrado de responsabilidades en el hogar, de modo que facilitó la continuidad laboral de la mujer. Luego, en 1975, la National Preschool Act estableció un sistema universal de educación inicial y cuidado infantil. Asimismo, en 1987, la creación de impuestos separados para cada cónyuge eliminó desincentivos fiscales para que ambos pudieran trabajar. El resultado fue evidente: la participación femenina en la vida laboral pasó del 53% en los años setenta a más del 80% a finales de la década siguiente.
En el Perú, en cambio, la tarea sigue pendiente. Según el Instituto Nacional de Estadística e Informática, las mujeres destinan más del triple de horas que los hombres al trabajo doméstico y de cuidado no remunerado. Por otra parte, la Encuesta Nacional de Hogares muestra que la participación laboral femenina continúa por debajo de la masculina, y que esta brecha se ensancha en los años de crianza temprana. En otras palabras, cuando muchas mujeres se convierten en madres, no solo crían, también pagan una penalidad profesional que el país normaliza.
Reconocer esta realidad no significa imponer un único modelo de realización femenina. Hay mujeres que apuestan por una vida profesional intensa, con o sin hijos; otras privilegian la crianza a tiempo completo. Ambos caminos son legítimos, como también lo es el de quienes buscan fórmulas intermedias para articular trabajo y hogar.
Lo que no resulta aceptable es que estas decisiones sean tomadas bajo presión, renuncia o sacrificio unilateral. Promover el liderazgo femenino exige revisar las condiciones estructurales en que las mujeres desarrollan sus proyectos de vida. La lección es clara: se necesitan tanto decisiones corporativas como políticas públicas que promuevan la corresponsabilidad y construyan entornos laborales más flexibles, modernos y compatibles con la complejidad de la vida real.
No se trata de imponer fórmulas únicas, sino de construir un país que deje de admirar el esfuerzo femenino mientras tolera las barreras que lo vuelven necesario. En pleno siglo XXI.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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