Un proyecto empieza a desmoronarse mucho antes de fracasar oficialmente. Sucede en reuniones donde nadie se atreve a cuestionar una mala decisión. En equipos que acumulan información pero no saben usarla. En empresas que hablan de innovación mientras siguen operando como hace diez años.
A veces el problema parece técnico, o financiero, o incluso humano. Pero un nuevo estudio realizado con empresas tecnológicas peruanas apunta hacia otro lugar. El factor más importante no sería el presupuesto ni la experiencia individual, sino el tipo de liderazgo que guía el proyecto desde arriba.
Una investigación, publicada en la revista Total Quality Management & Business Excellence indexada en la base de datos Web of Science, analizó a 422 ejecutivos y mandos medios del sector tecnológico en Perú para entender qué hace que algunos proyectos prosperen mientras otros se estancan.
Los autores encontraron un patrón. Los líderes con mentalidad emprendedora generan equipos más innovadores, mejores decisiones y organizaciones más capaces de adaptarse al cambio. Y eso termina impactando directamente en el éxito de los proyectos.
El estudio fue liderado por el Dr. Diego Alonso Noreña Chávez, de la Escuela de Posgrado de la Universidad de Lima junto a investigadores de The University of Melbourne y la Universidad Austral. Más que observar resultados finales, el equipo quiso abrir la “caja negra” de las organizaciones y entender qué ocurre dentro de ellas cuando un proyecto funciona bien.
La primera, el llamado “capital intelectual”. Puede sonar abstracto, pero en realidad se refiere a algo muy concreto. El conocimiento acumulado dentro de una empresa, la experiencia de sus trabajadores, la confianza entre equipos y los procesos internos que permiten resolver problemas sin empezar desde cero cada vez.
Los investigadores descubrieron que este capital intelectual actúa como la memoria viva de una organización. Una empresa con alto capital intelectual se parece menos a una oficina improvisada y más a un sistema nervioso capaz de aprender.
La segunda pieza fue el uso de analítica de datos. Las compañías que integraban mejor las herramientas de análisis podían anticipar riesgos, detectar patrones y tomar decisiones más rápidas. No se trataba simplemente de tener más datos, sino de convertir información dispersa en algo útil. Como pasar de una habitación llena de papeles a un mapa claro de lo que realmente importa.
La tercera pieza, el desempeño innovador. Es decir, la capacidad real de transformar ideas en mejoras concretas. Las empresas exitosas tenían culturas internas que permitían experimentar, corregir errores y probar nuevas soluciones sin castigar cada falla.
Y luego apareció un resultado inesperado… Compartir conocimiento entre colegas —algo que suele presentarse como esencial en casi cualquier manual corporativo— no tuvo un impacto fuerte y directo sobre el éxito de los proyectos. Intercambiar información, por sí solo, no basta.
Una empresa puede llenarse de reuniones, chats y documentos compartidos sin mejorar realmente. El conocimiento necesita estructuras capaces de convertirlo en decisiones, innovación y acción concreta.
Ahí es donde entra el liderazgo emprendedor. El estudio describe a estos líderes como personas capaces de asumir riesgos calculados, detectar oportunidades y adaptarse rápido a entornos inciertos. Funcionan más como navegantes en aguas cambiantes.
Los investigadores encontraron que este tipo de liderazgo fue el factor más influyente en el éxito de proyectos. Incluso por encima de otras variables analizadas.
Hay una razón práctica detrás de eso. La mayoría de empresas modernas vive bajo presión constante. Mercados impredecibles, tecnología que cambia cada semana, competencia global y equipos híbridos. En ese contexto, seguir procedimientos rígidos puede ser tan peligroso como improvisar.
Las organizaciones necesitan aprender mientras avanzan. Y eso cambia también la idea tradicional de liderazgo. Durante décadas, muchas empresas premiaron al jefe que controlaba todo, el que minimizaba errores y mantenía procesos estables. Pero el estudio sugiere que, en ambientes complejos, las organizaciones más exitosas son aquellas capaces de moverse antes de que el cambio las obligue.
El impacto puede ir mucho más allá del sector tecnológico. Los hallazgos ofrecen pistas para gobiernos, universidades, hospitales y cualquier institución que dependa de proyectos complejos. Especialmente en países latinoamericanos, donde muchas organizaciones aún operan con estructuras jerárquicas lentas y poca capacidad de adaptación.
El mensaje final del estudio es prometedor. Norena-Chávez sugiere que el éxito de un proyecto no depende únicamente de tener talento o recursos. Depende de si una organización logra convertir conocimiento, datos e innovación en una capacidad colectiva para reaccionar antes de quedarse atrás.












Deja una respuesta