La juramentación de nuestro Congreso suele leerse como folclore: frases largas, dedicatorias, arengas, y demás en castellano o quechua. Pero esta juramentación podemos leerla de otra manera. De los 190 electos, apenas 32 se limitaron a decir «sí, juro»; el 83 % restante usó sus diez segundos para inscribir una causa, un territorio o un muerto. Eso no es color local; es el primer censo político de la legislatura, y viene gratis.
Lo primero que revela es quién llega a gobernar y quién llega a resistir. Fuerza Popular, la bancada de la presidenta electa, promedió 18 palabras por juramento y casi un tercio de sus miembros se quedó en el ritual mínimo. Juntos por el Perú promedió 29, y solo 2 de sus 46 congresistas se limitaron al «sí, juro». El Senado estuvo sobrio (15 palabras de promedio); la Cámara de Diputados, bastante más expresiva, con 27. Quien gana, calla; quien pierde, declara. Esto que parece un juego de palabras, es disciplina interna, y da a notar quién tiene vocería y quién todavía la está buscando.
La causa mejor organizada fue la libertad de Pedro Castillo. La invocaron veinte congresistas de Juntos por el Perú, el 43 % de ese grupo. Cuando veinte personas repiten la misma fórmula («por la libertad del presidente Pedro Castillo»), lo que uno escucha es una agenda setting, con otros temas bandera: los mártires del sur, la Asamblea Constituyente, la derogación de las llamadas leyes procrimen. Quien quiera saber qué proyectos entrarán a Mesa de Partes en agosto solo debe repetir la juramentación en Youtube..
Del otro lado, la disciplina opera al revés. Solo once congresistas mencionaron a Alberto Fujimori, y diez de ellos son de Fuerza Popular: el 16 % de su propia bancada. Apenas dos nombraron a Keiko Fujimori. Un partido que va a gobernar administra su liturgia, la delega en un subgrupo y manda al resto a decir «sí, juro». Es el comportamiento de quien ya no necesita levantar la voz, sobre todo si en cuatro días empieza a firmar decretos.
Pero el dato que más dice sobre el país no está en ninguna de las dos trincheras, sino en el vocabulario que comparten. «El mejor presidente del Perú» se pronunció diez veces: ocho para Fujimori, una para Juan Velasco Alvarado (desde la bancada OBRAS) y una para Pedro Castillo. La fórmula es idéntica y lo único que cambia es el santo. Un Congreso que discute programas o propuestas discrepa sobre cómo se han de ejecutar; pero uno que discute caudillos discrepa sobre los orígenes de quien detenta el poder. Estamos en el segundo caso, llevamos veinte años ahí, y parece que se sumarán unos más.
De ahí que el eje real de este Parlamento parece que no será la economía sino la memoria. Hay dos listas de muertos y ninguna reconoce a la otra: diecisiete juramentos invocaron a los caídos de diciembre de 2022 y enero de 2023; ocho se inscribieron en el marco antiterrorista y sus víctimas. La intervención más inteligente en ese propósito la hizo la senadora Marta Moyano, que juró «por María Elena Moyano, por Alberto Fujimori y un país en orden», fundiendo en una sola frase a la víctima emblemática de Sendero Luminoso y al presidente que lo derrotó. En simetría casi exacta, el diputado Frank Krklec juró por «los mártires y perseguidos por la lucha contra el terrorismo genocida».
Y sin embargo, debajo del ruido hay un piso común que casi nadie mira. El 55 % juró por su región, el 41 % por su familia, el 36 % por Dios. Y las causas que cruzaron todas las bancadas resultaron mucho más prosaicas que la memoria: (1) la niñez y la juventud, con 24 menciones; (2) las personas vulnerables y con discapacidad, 21; (3) los maestros, 15; y (4) los agricultores y campesinos, 13. Ahí, y no en la disputa por los muertos, están las mayorías aritméticamente posibles de esta legislatura. ¿Alguien las está contando?
Hay incluso una convergencia que conviene anotar. Catorce juramentos hablaron de reconciliación o de unidad, varios de ellos desde Fuerza Popular. Uno, el del diputado Pier Figari, pidió un país «donde nadie sea perseguido por sus ideas». Es, palabra por palabra, curiosamente, un marco compatible con la demanda de presos políticos que levantó Juntos por el Perú. Pero se entiende, el diputado fue afectado por la politización de la justicia que de ambos lados se acusa.
El punto crítico consiste en anticipar si la Mesa Directiva se dedicará los próximos cinco años a administrar el conflicto de memorias, que le rendirá titulares todas las semanas, o sí logrará convertir esas cuatro causas transversales en la agenda medible de sus primeros cien días. Lo segundo es menos épico y bastante más difícil, porque obliga a cada bancada a salir de la trinchera que ella misma cavó en público, y con cámaras. ¿Lo harán? Tengo mis dudas. Pero es lo único que este Congreso puede hacer con votos propios.












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