El ciudadano Grau, por Juan Carlos Llosa Pazos

Nos encontramos próximos a elegir a nuestras autoridades gubernamentales y legislativas, en una época muy crítica, donde la política y la gestión pública nos generan desconcierto y hartazgo, surgidos ambos de la podredumbre moral que campea. Considerando los actuales avances tecnológicos y los cuantiosos recursos que poseemos, que incluyen un inmenso flanco de mar, resulta inaudito que aún sigamos dando tumbos tras más de doscientos años de vida independiente.

Época crítica en la que debemos elegir, responsable y racionalmente, a quienes objetivamente percibamos como ciudadanos que sabrán actuar con madurez, honestidad, eficiencia y, sobre todo, patriotismo, sin dejarnos encandilar por los fiascos nefastos de los «de lujo». En nuestras reflexiones sobre las inmediatas elecciones, tal vez deberíamos tener en cuenta los ejemplos de destacados peruanos que, en diferentes épocas, supieron cumplir cabalmente con su deber frente a la Patria, a la Nación, a la sociedad y a sus familias, poniendo siempre de manifiesto conductas intachables, sustentadas en voluntades inquebrantables y en resiliencias irreductibles.

Dijo en su oración fúnebre, en homenaje a los héroes del “Huáscar”, Monseñor José Antonio Roca y Boloña, que “al Perú, nación cristiana y generosa, no le han faltado nunca, gracias a la amorosa providencia, esos hombres extraordinarios, destinados a la expiación para el engrandecimiento de su patria” (“A la gloria del Gran Almirante del Perú Miguel Grau”, Marina de Guerra del Perú, 2001).

En ese orden de ideas, invocaré a uno de ellos: «el ciudadano Grau» —tomo el título de este artículo de la famosa película “El ciudadano Kane”, que protagonizó el actor Orson Welles en 1941—, modelo de hombre público ejemplar, servidor de su Patria tanto en su condición de ciudadano marino de guerra, de ciudadano diputado en dos oportunidades y de vecino de la ciudad de Lima.

Grau postuló al Congreso de la República al amparo de la Constitución de 1860 —la más longeva en la historia del Perú, vigente por más de 60 años—, que permitía a los miembros de las Fuerzas Armadas pedir licencia para lanzar sus candidaturas al Congreso, puesto que su artículo 51 señalaba como única restricción que “Tampoco pueden ser elegidos: los militares, por las provincias donde estén mandando fuerza, o donde tengan cualquiera otra colocación militar en la época de la elección”. Así lo hizo don Miguel en 1868, por primera vez, siendo elegido diputado suplente por Paita; y aunque la titularidad quedó vacante, no llegó a ejercerla porque, poco después, fue nombrado comandante del monitor Huáscar. Posteriormente, sería elegido diputado propietario por Paita en 1875, participando en dos legislaturas, en el gobierno constitucional de 1876 a 1879. Su profunda cultura cívica y su actitud frente a su deber como ciudadano habían sido reconocidas por un grupo importante del electorado, de acuerdo con el sistema de colegios electorales vigente por esa época, donde muchas veces las mesas de sufragio eran disputadas a balazos, cosas de nuestro sistema político que lo han hecho siempre tan “peculiar”.

Estas experiencias ciudadanas de Grau en la política debieron tener sus orígenes en la influencia de su viejo camarada Lizardo Montero, amigo suyo desde la niñez, tal como el más tarde comandante del Ejército del Sur lo mencionó en su sentida carta de pésame a su viuda, Dolores Cabero de Grau; así como en el juicio que se les siguió a don Miguel, a don Lizardo, a Aurelio García y García y a Manuel Ferreyros, entre otros marinos, por la «cuestión Tucker» en el año 1867. En aquel juicio militar, que fue muy mediatizado por la prensa capitalina, se dio a conocer el carácter viril de quienes alguien, en esos días, apodó «los cuatro ases de la Marina», los mismos que se desempeñaban como comandantes del Huáscar, la Unión, la Independencia y el América, respectivamente —en ese momento, la fuerza naval más poderosa de todo el Pacífico americano, desde Alaska hasta la Patagonia—, al asociarlos a los cuatro ases de la baraja española, que era usada comúnmente en los juegos de rocambor o tresillo (“Primera generación de marinos de guerra en blindados”, Juan Carlos Llosa Pazos, Revista de Marina, enero-abril 2021).

Los vecinos limeños de aquellos días pudieron apreciar no solo la brillante defensa de su abogado, el notable jurista Luciano Benjamín Cisneros, sino también la dignidad, la entereza y el firme nacionalismo característicos de la conducta del ciudadano Grau. El tribunal militar, por presiones desde el nivel más alto de la política —vale decir, del dictador, el general Mariano Ignacio Prado—, acusó a «los cuatro ases de la Marina» de traición a la patria (¿?) por oponerse a que un marino extranjero comandase la fuerza naval peruana, con lo que se estaba hiriendo en lo más profundo de la autoestima profesional de aquellos jóvenes jefes navales, de ya muy reconocida trayectoria en la Armada. Dada la intransigencia del gobierno, los dignos marinos renunciaron a los comandos de sus buques, trámite administrativo que en aquella época no los separaba del servicio definitivamente. Ante la absurda acusación nacida de la venganza política —¿suena familiar?— no hubo otro camino más que la absolución por parte del tribunal, que presidió nada menos que el Gran Mariscal Antonio Gutiérrez de la Fuente, uno de los últimos soldados de la Independencia que aún vestía uniforme.

En su activo servicio como comandante del monitor Huáscar, el ciudadano capitán de navío Grau jugó un papel crucial en la caída del régimen fáctico del coronel Tomás Gutiérrez en 1872. De esa época data su célebre frase: «No reconozco otro caudillo que la Constitución», constitución cuyo articulado estuvo muy influido por el pensamiento del gran líder conservador don Bartolomé Herrera (defensor de la autoridad del Ejecutivo, la familia y la religión), de quien, no tengo duda, por sus convicciones políticas y religiosas, don Miguel Grau Seminario fue un gran admirador y seguidor.

Fernando Ayllón Dulanto, en su libro El diputado Miguel Grau Seminario (Fondo Editorial del Congreso de la República, 2019), citando a uno de los principales biógrafos del Gran Almirante, Geraldo Arosemena Garland, dice: “la actividad de Grau como diputado es grande y eficaz, análoga a la que ha desplegado en la Escuadra”.

Por su parte, el desaparecido historiador Teodoro Hampe Martínez, en su obra “Miguel Grau protagonista político” (Piura, 2013), vincula a Grau “con la historia política de su tiempo, en la que brilló con luz propia como un valiente defensor del orden constitucional, un parlamentario innovador y perseverante y un adalid constante del diálogo fraterno entre diversos partidos y entre los hombres con y sin uniforme. Nuestro personaje tenía, sin duda, vocación política, que era sinónimo de afán de servir a la patria, pero ni un solo instante dejó de ser marino (…) lo evidente es que don Miguel Grau Seminario, marino por vocación y por profesión, siguió una trayectoria intachable a lo largo de toda su vida, uniéndose en la defensa del Estado de Derecho a lo mejor de nuestra civilidad”.

Si bien es cierto que Grau no tuvo la elocuencia ni la oratoria de los colegas curtidos en los avatares del parlamentarismo, ni tampoco la sagacidad o la personalidad avasalladora de su colega e íntimo amigo, y temprano discípulo del célebre caudillo Manuel Ignacio de Vivanco, el contralmirante Lizardo Montero —quien bien supo siempre escurrirse, con astucia, cinismo y carisma, por los vericuetos de la política—, sí supo defender, como nadie, a la Marina de Guerra del Perú y sus demandas de recursos humanos y materiales. Con vehemencia, carácter y conocimiento, bregó para que, desde el Congreso de la República, se presionase al gobierno de Prado para atender sus urgencias frente a los evidentes peligros que acechaban al país, tanto externos (Chile y Bolivia) como internos (Piérola). Aunque fue respetado y aplaudido, poco apoyo encontró en la Cámara, más allá de algunos pocos colegas.

Esta trayectoria ciudadana, que enaltece la función parlamentaria, fue reconocida en el segundo gobierno del arquitecto Fernando Belaúnde, al colocarse una réplica de la curul del “Caballero de los Mares” en la parte central del hemiciclo, por disposición del presidente de la Cámara de Diputados (1983-1984), Dagoberto Láinez Vodanović.

A partir de la primera sesión de las Cámaras del Congreso de la República, en que, al ser llamado el Senador vitalicio Miguel Grau, se conteste: «¡Presente!», nuestros nuevos legisladores deberían reflexionar sobre la extraordinaria dimensión de su legado y de su servicio a la patria desde la curul que hoy ocupa un lugar de privilegio en el hemiciclo, que es símbolo de la defensa de la Constitución y del respeto irrestricto a la ley.

En este momento crucial de nuestra vida republicana, y en particular para el ejercicio de los nuevos gobernantes y legisladores, creemos recomendable que quienes sean elegidos se imbuyan del legado ciudadano de don Miguel Grau Seminario, Gran Almirante del Perú, diputado de la República, el hijo más querido de la Patria; y, en general, los servidores públicos, especialmente quienes administran justicia en nuestro país, que buena falta les hace.

¡Ciudadano Miguel Grau, Senador de la República, presente!

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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