La clase política peruana tiene, a partir de julio, una nueva oportunidad. Que sepa aprovecharla, es otra historia. El desprestigiado unicameralismo llegó a su fin. A partir del 26 de julio retornaremos al sistema que hemos tenido durante la mayor parte de nuestra vida republicana. El bicameralismo podría asegurarnos mejor calidad legislativa, deliberación, control, equilibrio, y con algo de suerte, incluso hasta reflexión.
Sin embargo, este entusiasmo corre el riesgo de diluirse rápidamente si los personajes que ocuparán las curules no están a la altura del encargo. Algunos de los rostros que recibieron sus credenciales esta semana vienen con una pesada mochila de antecedentes antidemocráticos. De nada sirve tener un mejor sistema si los legisladores continúan con las mañas de siempre, o incluso peores. La bicameralidad no es una receta mágica contra la mediocridad, el oportunismo o los intereses subalternos
La última promoción unicameral se va con la deshonrosa distinción de ser “el peor Congreso de la historia”. En el imaginario colectivo, el peor Congreso suele ser el que está en funciones. Pero la crisis del Parlamento no es reciente. En el período 2006-2011, más de 80 legisladores fueron denunciados por delitos y faltas graves. Muchos identifican a los actuales ‘mochasueldos’ pero pocos recuerdan los nombres de las congresistas desaforadas en el 2007 por contratar a trabajadores fantasma. El nombre de Freddy Díaz suena conocido, pero casi nadie recuerda a Leoncio Torres Ccalla.
Hemos visto de todo: vacancias presidenciales, escándalos de corrupción, proyectos de ley plagiados, absurdos o directamente escritos por una IA (y ni siquiera la versión pagada). La bicameralidad no es una vacuna que inmuniza contra la corrupción, la pereza intelectual ni la tentación autoritaria. Todo dependerá de la voluntad política de las bancadas y de la actuación individual de cada uno de los 130 diputados y 60 senadores. El Perú no se merece otro “peor Congreso de la historia”. Requiere legisladores a la altura del desafío que demanda el país al que dicen representar.











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