Se inició oficialmente la segunda vuelta con dos finalistas que tienen la más alta votación de la primera vuelta, pero un bajo nivel de representatividad.
Keiko Fujimori y Roberto Sánchez llegan a esta final luego de una competencia cuyas principales características fueron la fragmentación política, y la desconfianza y rechazo de la mayoría del electorado a todos los candidatos presidenciales.
De acuerdo a los índices de rechazo o anti voto de ambos, no estamos ante las más prometedoras candidaturas a la Presidencia. Si se agregan los cuestionamientos por irregularidades graves en la primera vuelta, entenderemos por qué no vamos a una “fiesta electoral” en segunda vuelta.
Estamos ante un resultado que refleja la vigencia de las más fuertes tendencias políticas locales en este momento, así como de los más importantes bolsones electorales en el país, aunque con magros números si los comparamos con otras épocas y tendencias.
El fujimorismo y su núcleo duro supieron restañar sus heridas y diferencias internas para reunificarse y alcanzar ese 17,192%, con el “apoyo” de un “porkismo” que perdió la brújula en las últimas semanas de la campaña; y el “castillismo”, que no es otra cosa que el reclamo permanente de las regiones más rebeldes y olvidadas por el centralismo limeño, y que supo ser usada en el pasado por un Pedro Castillo actualmente victimizado y, aunque con menos éxito que en el 2021, ahora por un Roberto Sánchez que solo y con el antaurismo no hubiera alcanzado nada.
En una final que enfrenta a extremos políticos y a regiones geográficas que tienen marcadas preferencias electorales que se han mantenido vigentes desde el 2021 a la fecha, de manera “natural” se han ido formando dos bloques que las últimas encuestas mostraron un empate a 38%. Parte de la adhesión a Keiko es por miedo a Sánchez; y mucha de la adhesión de Sánchez es por rechazo a Keiko.
El reto de ambas candidaturas es lograr la adhesión de quienes desconfían de ellos. Y a diferencia de otros procesos electorales, no se trata de ver quién promete más y por cuántos millones, sino quién ofrece con mayor compromiso y con la mayor garantía de cumplimiento la seguridad de que durante sus gestiones no se van a hacer realidad los mayores temores que tiene la población sobre ellos: por un lado, un gobierno fujimorista con un marcado autoritarismo, con un control político y total de las instituciones del Estado para beneficio partidario y personal, con una tendencia a la violación de los derechos humanos, y con la tentación de perpetuarse en el poder; y por el otro, un gobierno improvisado y hasta corrupto, con una marcada tendencia estatista y populista, aislacionista o con alianzas con gobiernos socialistas o comunistas, que destruya nuestras fortalezas macroeconómicas, ponga trabas a la inversión privada nacional o extranjera, y destruya el país como lo hizo Pedro Castillo.
No hay indecisos, hay desconfiados y asustados.
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