Cada 24 de junio, Cusco celebra una fecha que lo define: el Inti Raymi, la gran fiesta del Sol que los incas ofrecían en honor al dios Inti para agradecer la cosecha y pedir prosperidad. Hoy, siglos después, esa celebración convoca a miles de viajeros de todo el mundo y recuerda por qué Cusco es mucho más que un destino turístico.
Cada 24 de junio, Cusco celebra una fecha que lo define: el Inti Raymi, la gran fiesta del Sol que los incas ofrecían en honor al dios Inti para agradecer la cosecha y pedir prosperidad. Hoy, siglos después, esa celebración convoca a miles de viajeros de todo el mundo y recuerda por qué Cusco es mucho más que un destino turístico.
Cusco concentra lo que pocos territorios en el mundo pueden ofrecer en un solo lugar: una de las siete maravillas del mundo moderno, patrimonio arqueológico vivo, biodiversidad, gastronomía, comunidades con historia propia y experiencias auténticas. El viajero que llega no visita un lugar: conecta con una civilización que sigue vigente, que respira, que celebra. En esa autenticidad reside su mayor ventaja frente a cualquier otro destino de la región.
Cuando un viajero internacional llega al Cusco, se activa una cadena que va mucho más allá del hotel o restaurante: se mueven aerolíneas, transportistas, guías, artesanos, agricultores, operadores y pequeños emprendedores en territorios donde existen pocas alternativas económicas sostenibles. Pocas industrias tienen esa capacidad de distribuir ingresos de forma transversal. Y en el momento que vivimos como país, eso también tiene un valor que no siempre se mide: cohesiona.
Crece un segmento de viajero que ya no viene solo por Machu Picchu: busca naturaleza, bienestar, gastronomía y viajes con propósito. Un visitante que elige destinos capaces de sostener lo que ofrecen.
Para que ese potencial se consolide, se necesita voluntad política y visión de largo plazo. El próximo gobierno debe reconocer al turismo como industria estratégica y entender que Cusco no es el destino: es la puerta de entrada a un territorio mucho más amplio. Choquequirao, Waqrapukara, Huchuy Qosqo o T’aqrachullo esperan ser parte de una oferta que el mundo aún no conoce. Apostar por esa descentralización es también apostar por la sostenibilidad del destino que ya existe.
Cusco posee uno de los activos más valiosos del Perú para proyectarse al mundo. Su futuro dependerá de nuestra capacidad de gestionarlo con responsabilidad. Si lo hacemos bien, podemos consolidarnos como uno de los destinos más admirados del planeta.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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