En campaña electoral solemos repetir que “todo es político”, pero actuamos como si el cuerpo femenino fuera un tema aparte. Basta abrir redes: el debate sobre propuestas dura segundos, mientras el escrutinio sobre peso, edad, ropa o “rostro” se vuelve tendencia. En ese desvío se pierde algo más que tiempo: se erosiona la ciudadanía informada que el país necesita para progresar.
Cuando el estigma de belleza manda, la política se vuelve vitrina. A muchas candidatas se les exige “verse bien” antes de ser escuchadas; a muchas jóvenes se les enseña que su valor está en caber, no en participar. La delgadez extrema opera como disciplina cotidiana: contar calorías, ocultar el hambre, corregirse, compararse. Ese entrenamiento de obediencia íntima prepara el terreno para un liderazgo autoritario que se presenta con voz amable: promete “cuidado”, “orden” y “valores”, pero exige sumisión disfrazada de ternura, disciplina, culpa y silencio público.
La desinformación encuentra ahí un canal perfecto. Dietas milagro, retos virales y suplementos sin evidencia circulan con la misma lógica que los bulos electorales: emoción rápida, culpables simples, soluciones mágicas. El algoritmo de las redes sociales premia la vergüenza y castiga la complejidad; así, el cuerpo ocupa el lugar del programa, y la apariencia reemplaza a la evidencia.
Si queremos elecciones con futuro, debemos cambiar la conversación: menos juicio al cuerpo, más información sobre poder. Una democracia no se adelgaza: se fortalece.












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