Los días pasan, el gobierno de José María Balcázar se acaba y Pedro Castillo sigue cultivando hortalizas en el Fundo Barbadillo. Como explicábamos la semana pasada en esta pequeña columna a propósito de las voces que demandan su liberación, simplemente no hay por dónde. Los impedimentos legales para que se intente desde Palacio una pirueta así de temeraria abundan. Y la reciente confirmación por parte de la Sala Permanente de la Corte Suprema de la orden de prisión preventiva que pesa sobre él por el caso Puente Tarata (y que se extiende hasta marzo del próximo año) tendría que haber sepultado las fantasías de aquellos que lo imaginaban presidiendo un besamanos alternativo el 28 de julio en el pasaje Sarratea. Las letanías supuestamente orientadas a conseguir su excarcelación, sin embargo, no amainan. Los políticos que con distintas modulaciones las habían venido entonando durante los últimos meses continúan inmutables en su afán, como si algún bloqueo intelectual les trabara la comprensión de lo elemental. La verdad, no obstante, es que hasta el mismo Castillo ha de haber entendido ya que, por largo tiempo, en el mundo en que él vive, solo habrá cuatro esquinas… La pregunta que cabe hacerse, entonces, es por qué esos líderes partidarios o improbables dignatarios de la patria les siguen vendiendo humo a los candorosos simpatizantes del golpista de Chota. O, puesto de otra manera, por qué les pintan, literalmente, castillos en el aire. ¿No van a quedar acaso como unos timadores sin coartadas cuando el periodo presidencial del individuo que hoy ciñe la banda embrujada se extinga y el profesor no haya, digamos, retomado sus clases? La respuesta, nos tememos, es variada y merece ser ensayada con arreglo a cada caso.
Las letanías para que se libere al golpista de Chota son una venta de humo de origen diverso.
–Chin-chin–
Empecemos por Balcázar, que es a quien más rápidamente le va a caer la quincha por no cumplir lo prometido. Confundió él, al parecer, el encargo presidencial con el decanato del Colegio de Abogados de Lambayeque y luego, paulatinamente, se fue dando cuenta de que esta vez no podría hacer lo que se le antojase. Ahora ya sabe que todos hemos notado que lo suyo es la cháchara impenitente. Pero estirar el cuento hasta el último instante daría la impresión de reportarle alguna gratificación secreta.
Roberto Sánchez, por su parte, insiste con el indulto, porque es consciente de que es lo único que le queda para prolongar su cuarto de hora de figuración pública. Pronto ya solo aparecerá en los mítines de izquierda para recordar por cinco minutos su falaz gloria de los días posteriores a la primera vuelta. Un poco a la manera de Jimmy Santi cuando sale a cantar “Chin-chin” en los programas nostálgicos de la nueva ola. A su turno, Alfonso López Chau y Jorge Nieto están en una disputa por el liderazgo de la oposición que tiene algo de carrera contra el reloj. O, más bien, contra el calendario. No ignoran que sus clamores por la libertad de Castillo no pasan de ser un ejercicio retórico, pero no tienen tiempo para sutilezas y, como aspiran a capitalizar la dosis de poder que se esconde bajo el sombrero, perseveran en el cultivo del mentado tópico para después poder afirmar que ellos empujaron la causa hasta el final, pero que los poderosos no los escucharon…
Vladimir Cerrón, finalmente, ha demandado también que le abran las rejas a su antiguo aliado. Pero, taimadito como es, lo ha hecho en nuestra opinión para asegurarse de que no suceda. No quiere competencia, creeríamos, en el relato épico del presunto perseguido político que venció a sus perseguidores en su propio juego. A pesar del fenómeno coral que aquí comentamos, pues, Castillo está solo con su pena. Y así seguirá.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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