Como ha sido puesto de manifiesto por los entendidos, el Perú tiene un espectáculo digno de Ripley: nueve presidentes en 10 años. Y algunos han pensado que quizá lo más conveniente es reforzar la figura del presidente y a eso vamos ahora.
En primer lugar, nuestro régimen, como se sabe, es presidencialista, pero con elementos parlamentarios que vienen del siglo XIX. Entre ellos, el voto de censura, el Gabinete Ministerial, etc. Y, por cierto, reforzada la figura del presidente, que en principio tiene un blindaje que viene de atrás y, además, tomada de la Constitución norteamericana de 1787.
Pero esto tiene excepciones: lo primero es la acusación constitucional y luego la vacancia, que tiene un trámite especial y una votación calificada. Y así ha funcionado.
El problema no es ese, sino lo es el Congreso y su composición, que dan pena. No solo andan desinformados y hacen o dicen tonterías, sino que así se lucen con total desparpajo. Por cierto, hay excepciones, pero son pocas y, además, no les hacen caso.
Una prueba de ello es la reciente “censura” al señor José Jerí. No es lo que correspondía y eso lo tenía claro el señor Fernando Rospigliosi, pero la mayoría se zurró en el tema y se olvidó que correspondía en puridad la vacancia. O no lo sabían o no quisieron saberlo.
En todo caso, al margen del hecho de que Jerí debía salir del cargo, lo cierto es que el Congreso, al actuar como lo hizo, ha violado la Constitución… y además alegremente. Solo faltan pisco y butifarra.
Como en los turbulentos tiempos de Robespierre y su guillotina, acabamos de presenciar cómo una nueva testa presidencial ha rodado en el cadalso del Congreso. Ya tenemos nueve presidentes en 10 años. Un curioso récord político que, sin embargo, no afecta ni a la ciudadanía ni a la economía ni a la estabilidad social. Impacta tanto como ver la repetición de una telenovela.
¿Cómo hemos llegado a esto? La explicación podría hallarse hace más de tres décadas, con la llegada al poder de un ‘outsider’ como Alberto Fujimori, su ataque a los partidos políticos ‘tradicionales’ y su ‘democracia de gerencia’. Efectividad antes que institucionalidad.
En el Perú hemos avanzado casi cuatro décadas sin partidos políticos, o sin su fortalecimiento. Algunos en extinción y otros en la inanición. Si la familia es la célula básica de la sociedad, reza la Constitución, los partidos son la estructura básica de la democracia organizada para luego, por el voto popular, formar parte de la arquitectura del Estado.
Sin partidos sólidos y estables no puede haber sociedad política. Hay movimientos aluvionales, estacionales, caudillistas, regionales o simplemente una pléyade de ‘outsiders’, cada uno más improvisado que el otro. Salvando las honrosas excepciones, ahí están los 36 en pugna por el sillón presidencial.
Eso explica por qué el comodín de la vacancia presidencial no fue usado con Alejandro Toledo, Alan García ni Ollanta Humala. Esa es la misma explicación de por qué se empieza a utilizar con Pedro Pablo Kuczynski –con 18 congresistas y un ‘movimiento’ en el que ni siquiera se conocían entre sí–. Lo mismo con Martín Vizcarra y su suicidio político con su pelea con el Congreso, con Dina Boluarte y ahora con José Jerí, a quien su partido le jaló la alfombra. Pedro Castillo es un punto aparte por su golpe de Estado, que nadie estuvo dispuesto a bancarse en el siglo XXI.
¿Qué hacer ahora? Se impone una necesaria reforma constitucional que el próximo Congreso bicameral deberá enfrentar.












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