En cada elección presidencial vuelve la misma pregunta: ¿quién será el “caudillo” de turno, elegido democráticamente, que conducirá el destino del Perú durante los próximos cinco años? En el extremo, la disyuntiva suele ser clara. ¿Será alguien que profundice el intervencionismo estatal desmesurado en nombre de una justicia social supuestamente necesaria para corregir desequilibrios atribuidos al modelo estigmatizado del libre mercado, sin medir los efectos adversos que ello genera? ¿O será, por el contrario, un gobernante que comprenda que los países que más bienestar han alcanzado son aquellos con gobiernos limitados a un rol subsidiario, que promueven la iniciativa privada y la innovación empresarial sin imponer trabas burocráticas innecesarias?
No obstante, la pregunta de fondo es otra: ¿Cómo aseguramos una alternancia en el poder que permita mantener al país en una senda de crecimiento sostenido? Es decir, una ruta basada en la protección de los derechos de propiedad y la seguridad ciudadana, el fortalecimiento del libre mercado, la igualdad ante la ley, el respeto de los acuerdos contractuales, y el cultivo de valores como la meritocracia, el esfuerzo y el trabajo ¿Cómo evitamos que una parte de la población vuelva a depositar su confianza en demagogos que ofrecen, desde el Estado, soluciones casi divinas en un mundo lleno de restricciones, y que terminan imponiendo sus ideas con fervor dogmático y sirviendo a intereses particulares, sin importar los resultados?
Cuando vemos que ciertas ideas persisten e incluso se imponen, pese a la evidencia en contra, queda claro que el debate no es solo técnico. Es, sobre todo, cultural. No basta con un enfoque tecnocrático. Si seguimos comparando el mundo real con uno utópico e inalcanzable, si seguimos valorando más lo que otros tienen que lo que nosotros logramos, si denostamos en vez de reconocer a quienes prosperaron por mérito propio, y si no somos capaces de construir un discurso sólido sobre institucionalidad y valores —con ejemplos concretos de éxito que llevaron al desarrollo—, será difícil revertir el rumbo que venimos transitando.
Como bien menciona Axel Kaiser en su libro La Fatal Ignorancia, existe una responsabilidad por parte del empresariado, que va mas allá de su innata capacidad de generar riqueza, desarrollo y trabajo a través de las empresas que crea y lidera, sin dejar de mencionar su eventual participación con ciertas causas sociales. Se trata de entender e interiorizar la importancia que tienen las ideas y las creencias en modelar y definir la futura evolución social y económica de las naciones.
Por ende, impulsar, directa o indirectamente la difusión de las ideas, valores, creencias e instituciones que han permitido el progreso que la humanidad ha experimentado en los últimos 250 años es también parte de su responsabilidad. No hacerlo es dejar el camino libre a ideas contrarias al desarrollo que hemos alcanzado de nuestras potencialidades y capacidades. ¡Entendamos que dato no necesariamente mata relato!
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