Como las últimas elecciones representaron demasiada tensión, fue difícil vislumbrar uno de los eventos deportivos más importantes del mundo. Pese a que hay un mayor número de participantes, no estamos entre los clasificados, lo cual no ha impedido que haya un interés fuerte en nuestro medio, traducido en el intercambio de figuritas del álbum, el seguimiento de las noticias y la alegría que da ver no solo que equipos latinoamericanos destaquen, sino ver a países pequeños como Curazao y Cabo Verde, cuya participación viene siendo heroica frente a los gigantes de siempre.
Sin embargo, nada impide que el fútbol haya venido a reemplazar los rituales que han acompañado durante milenios a la humanidad, en los que los distintos grupos se reunían para mostrar poder y determinar quién demostraba mayor categoría. Ahí están los grupos humanos mostrándose en diferentes bandos a través del arreglo corporal. Si antes era la pintura en la piel, los adornos de hueso y conchas, ahora lo son las camisetas. Si antes cada grupo guardaba un tótem que condensaba los valores del grupo y los rememoraba a cada instante, hoy tenemos las banderas nacionales. Los cantos del grupo que por siglos se hicieron al compás de tambores y danza hoy son los himnos nacionales y las arengas cantadas. Ahí están equipos compitiendo por el objetivo de la caza en campo abierto, recordándonos que tres cuartas partes de nuestra historia hemos sido cazadores nómades.
Los viejos rituales que mantenían al grupo hoy son los coros, saltos y gestos colectivos que se hacen en el estadio y nos recuerdan nuestras formas de enfrentar colectivamente la incertidumbre; en un partido todo puede pasar, pero el gritar, saltar o hacer barra nos hace partícipes de los potenciales éxitos de nuestros héroes. Uno de ellos es Lionel Messi, quien, mientras escribo estas líneas, no se cansa de deslumbrarnos con su magia. Pese a la fama de los argentinos, Messi se muestra humilde y cercano, el ideal del héroe con el que el mundo ama identificarse.
El ser un juego le da el aspecto de entretenimiento libre y creativo, como los juegos infantiles con los que aprendemos a relacionarnos con el mundo y a través de los cuales descubrimos nuestra propia cultura e incluso vamos creando nuevas rutas culturales. Esto nos invita a reflexionar que el juego, sea individual o en equipo, sea en una cancha, en una mesa o en una interacción social divertida, es necesario y no debe ser arrancado de nuestra vida adulta.
Cierto es que muchos patios escolares son canchas de fulbito donde solo juegan los hombres y que, en este caso, es un Mundial de jugadores masculinos, lo que nos proyecta a un patriarcado dominante, pese a que en el Perú son los deportes practicados por mujeres los que nos han brindado las mayores satisfacciones internacionales.
También el Mundial es un ritual global, de esos que mantienen a un grupo enorme de humanos unidos o, como decía la canción de Ricky Martin, “el mundo está de pie”. Este ambiente emocional es pasto para una pléyade espectacular de negocios de ventas, donde las casas de apuestas alcanzan su peligrosa hegemonía. La economía de la atención y la adictiva adrenalina de las apuestas son dos aspectos altamente capitalizables en el llamado deporte rey.
Como todo evento humano, el Mundial de fútbol puede sintetizar lo mejor y lo peor de nosotros, pero es bueno siempre recordar que en el fondo se trata de un juego que tiene la hermosura que el espíritu griego dio a los eventos olímpicos, un poder que trasciende a los imperfectos humanos que compiten y a los que organizan el evento. Diego Armando Maradona resumió mejor esta paradoja diciendo en su despedida: “Yo me equivoqué y pagué, pero… la pelota no se mancha”.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












Deja una respuesta