Esta semana no solo se han abierto al público los archivos de Epstein, mostrando el nivel al que ha llegado la perversión humana escondida bajo el ala de la impunidad, sino que, casi en simultáneo, el encargado de la presidencia del Perú ha expuesto su desfachatada amoralidad. Y es que al púber “a toda máquina”, que se mimetiza detrás de casacas ‘Top Gun’, botas de faena, abalorios contra el mal de ojo (sic) y un insoportable palabreo, no le entra en su cabeza –trastornada por la vanidad– que él representa a una nación milenaria. Ciertamente, la investidura presidencial, profundamente dañada por una jauría de delincuentes, requiere de una dignidad y respeto por una encargatura que involucra a un colectivo de millones de peruanos. Una y otra vez, el abogado Jerí, siguiendo el libreto que, entre gallos y medianoche, produce la dizque oficina de comunicación de Palacio de Gobierno y su compañero de correrías, Ilich López, señala que él se guía por sus instintos, que ahora sabemos son primitivos. De ese atavismo incontrolable provienen sus súbitos antojos de chifa a la medianoche, su desesperación por comprar caramelos chinos en la tienda de un proveedor del Estado, las entrevistas a su séquito de amigotas y la carta blanca a su compadre López, para proseguir lucrando con el dinero de millones de peruanos honrados y trabajadores.
“Es un secreto a voces”, señala la valiente congresista Diana Gonzales, que Ilich López es un diestro operador de los delincuentes que gobiernan, a balazo y dinamitazo limpio, los socavones auríferos del horror. Situaciones tan espeluznantes apuntan a la territorialización criminal del Perú por parte de una oligarquía amoral que expresa sus delirios de múltiples maneras. No hay más que observar el macabro caso de Milagros Jáuregui de Aguayo humillando a niñas-madres por un puñado de soles e indulgencias satánicas. La degradación acelerada de una república, fundada en San Carlos bajo la égida del genial Toribio Rodríguez de Mendoza, requiere de más acción político/educativa y de menos diagnósticos. Las encuestas, señalando que la septicemia ya tomó el corazón e incluso el cerebro del Perú, son a estas alturas irrelevantes, máxime cuando lo que la ciudadanía reclama a gritos es una vacuna que nos libere de un estilo mafioso de hacer política. Acá me refiero a la toma del Estado, mientras la amoralidad del matarife de turno nos cuenta que todo anda de maravillas en el Perú del cruel infierno ‘aguayista’.
Para curar la pandemia moral que niega oportunidades a generaciones sucesivas de niños y niñas peruanos, es necesario entender y luego desmantelar un modelo de Estado, marcado por la amoralidad de sus viejos y nuevos administradores. Según los expertos en el tema, un ser humano amoral es aquel que carece de principios o estándares éticos, y por ello actúa con indiferencia hacia el bien o el mal. A diferencia del inmoral que conoce las normas y las viola, el amoral vive en un mundo donde la conciencia y el remordimiento no existen. Entre las raíces de la amoralidad, que estudios neurológicos recientes vienen analizando, destacan la ausencia del pensamiento abstracto. Y es que la moral se sostiene en conceptos abstractos que el amoral, usualmente un impulsivo, no toma en consideración en sus decisiones. El rechazo a la moralidad, considerada por algunos una virtud pequeño-burguesa, está relacionada con la evolución de los instintos naturales. Ahora se sabe, con mayor detalle, que las conductas amorales provienen de remanentes del instinto animal que se mantuvieron impenetrables ante aquella socialización capaz de derivar en conciencia moral. Es importante recordar, y ello ha ocurrido a lo largo de nuestra historia, que la repetición constante de actos inmorales deriva irremediablemente en un estado de permanente amoralidad y esto no es necesario detallarlo en el Perú de los violadores impenitentes.
En una frase desafortunada, el primer ministro, a quien hasta hace poco consideré un hombre serio y mesurado, señaló que el ciudadano Jerí es “un político nato”. Contradiciéndolo y en aras de un proceso de reconocimiento de lo que somos en realidad, me permito sugerir que el contratador de damiselas para alegrar sus medianoches es un amoral nato. Tenerlo hoy presidiendo la República nos puede ayudar a repensar la amoralidad, y no la corrupción, su hija primogénita, como la raíz oculta de nuestras desgracias colectivas.
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